domingo, 12 de agosto de 2012

LA PROMESA (Cuento del libro "La Gringa y otros Cuentos")



Cómo a veces pasa, este cuento, que forma parte de la " Gringa...", tuvo varios finales, hasta que finalmente quedó el que quedó. Sólo Dios sabe si fue una decisión acertada.  
La historia nace de algo que me sucedía a menudo con mis afectos-novias, amigos, compañeros-, en la época adolescente. Sabía que en algún momento la vida nos iba a llevar por diferentes caminos, caminos que tal vez nunca más volverían a cruzarse. Cada encuentro con ellos tenía entonces el color de una despedida, de un adiós.   
Este relato es un intento de reencontrarte con mucha de esa gente perdida. 

LA PROMESA



Sonó el despertador y Ruiz lo apagó con un golpe seco, certero. No quería que el aullido destemplado del aparato terminara despertando a su mujer. Temía que cualquier interferencia pudiera perturbarlo. Necesitaba del silencio para reflexionar.    
No se levantó enseguida. Se quedó boca arriba, con los ojos entreabiertos, conteniendo la respiración. El famoso día había llegado. El 30 de agosto de hacía treinta años atrás, una parejita de adolescentes, acurrucados en una parada de colectivos de Monserrat, se habían hecho una promesa. El recuerdo exacto de la fecha no era caprichoso: ese día ella había cumplido 19 años, aunque a veces el paso del tiempo le había hecho descreer de todo: del lugar, del día, de la hora, incluso hasta de la existencia de los hechos.      
Pero esa mañana cuando despertó, tuvo la certeza de que había sido cierto. Ella, la parada de colectivos, la promesa. Se acordó de todo. No tuvo necesidad de ir al escritorio para buscar el álbum de fotos de la época. La imagen de la chica era nítida en la penumbra del cuarto. Tenía un año menos que él, era alta, pelirroja  y de cara redonda. Y si Ruiz cerraba los ojos la veía mejor todavía. Un lunar imperceptible a un costado de la boca pero imposible de no ver cuando se acercaba a besarla, y un aire altanero que a él le resultaba irresistible.    
Hacía pocos meses que se conocían, pero le gustaba mucho, con el tiempo se preguntó si ese sentimiento en realidad no había sido amor. No era sólo su cuerpo fantástico, sus piernas firmes, sus senos irresistibles. Existían otras cosas. Había en ella muchas personalidades. Estudiaba medicina, le apasionaba el cine, militaba en el centro de estudiantes, trabaja en un estudio contable tres veces por semana y por si fuera poco tocaba el piano. Él, en cambio, prefería andar un poco más tranquilo por la vida. A veces la acompañaba a alguna que otra manifestación política pero no mucho más que eso. Su mundo giraba en torno a la fábrica de bicicletas de su padre que a finales de los setenta quebró al igual que tantas otras.   
La ocurrencia había sido de la chica, unos segundos antes de que llegara el colectivo.  Habían pasado el día entero juntos en la casa de él, habían hecho el amor aprovechando la ausencia de los padres y ahora se estaban despidiendo. Tenía que regresar a su casa antes de las ocho y media porque estaba toda la parentela invitada. Los padres eran capaces de matarla si llegaba tarde, bastante les había costado tragarse eso de pasar el día de su cumpleaños con ese tal Ruiz a quién ni siquiera conocían.  
A él lo tomó por sorpresa.
—Mira—le dijo hablando apurada—, lo de hoy fue grandioso, el mejor  cumpleaños que pasé en mi vida. ¿Esas habían sido sus palabras exactas? ¿Cuánto de recuerdo y cuánto de imaginación había?  Con el paso del tiempo muchas veces no encontraba diferencia entre una cosa y otra.
—Si la vida nos separa—la chica continuó—, si nos perdemos el rastro, me gustaría reencontrarme con vos dentro de 30 años, a la misma hora, en el mismo lugar.
Él giró la cabeza rápido para dar con algún cartelito que le indicara el nombre de las calles y sobre todo miró el reloj: eran las seis y media de la tarde, en punto. El sol terminaba de caer. No tuvo tiempo de nada más. Con la misma urgencia que antes ella  pidió que se lo prometiera. Él se lo prometió, dentro de treinta años acá, alcanzó a decir. Le hubiera gustado preguntarle si era una broma o si hablaba en serio, y en ese último caso, de dónde había sacado la idea, por qué ese lugar, por qué treinta años después, pero cuando se quiso acordar ella ya estaba arriba sacando el boleto. Vio el colectivo desvanecerse en la oscuridad de la calle Combate de los Pozos y se sintió vacío. Se subió a un taxi y regresó a su casa.  
Casi fue un adiós. No llegaron a la primavera. Después de esa tarde se volvieron a ver un par de veces más. Ella lo dejó. Dijo que sentía miedo de andar por la calle, que la situación se estaba poniendo pesada y que en el centro de estudiantes los tenían fichados a todos. Lo más prudente era dejar de verse por un tiempo. En realidad a Ruiz la historia le sonó como un pretexto. Pensó en algún otro muchacho, o directamente en un hombre. El último encuentro fue en un bar de la avenida de Mayo. En la calle se respiraba un aire tenso, cargado de sirenas de ambulancias y de patrulleros. Desde el lugar donde estaban sentados se veía perfectamente un camión del ejército estacionado en la esquina. Salís de tu casa y no sabes si volvés, escuchó decir en alguna de las mesas. Ella estaba nerviosa, apurada, miraba la calle con desconfianza.  La detonación de un caño de escape produjo en los presentes un gran sobresalto.
Quedaron en buenos términos, por lo menos no se reprocharon nada. Se dieron un largo beso y antes de irse ella le deseo suerte. A Ruiz le hubiera gustado renovar aquella promesa pero ella no dijo nada y él no se animó a sacar el tema.
Unos meses después de esa triste tarde él intentó ubicarla, saber algo de ella, pero todos los esfuerzos resultaron estériles. Era como si se la hubiera tragada la tierra. Una vez se fue hasta su casa en Adrogué y se encontró con una vivienda vacía, un jardín cubierto de matorrales  y un cartelito en la puerta que decía “Se vende – Facilidades”.     
La vida, de a poco, le fue mostrando las cartas que le había reservado, algunas buenas,  otras no tanto. Sin proponérselo se fue olvidando de ella. Hizo lo que pudo, o lo que le dejaron hacer. En definitiva, nada de otro mundo, se fue enredando en las mismas cuestiones en los que se enredan los demás, una familia, una casa, hijos, un trabajo, más sueños que realidades.  
Pero un día, tres años atrás, inexplicablemente se levantó con la idea fija. Tal vez había soñado con ella, no estaba seguro, pero esa madrugada algo pasó. La imagen de ella resurgió con llamativa fuerza. Desde esa mañana el recuerdo de la promesa se le pegó en la piel como una garrapata. Tuvo la impresión de que su vida se había convertido en una especie de cuenta regresiva, cuenta que a veces parecía faltarte algunos números porque de repente se aceleraba como un auto de carrera en una larga recta, y entonces la fecha se le venía encima a una velocidad asombrosa. En cambio, en otras oportunidades, el transcurrir del tiempo era lento, pesado, como si estuviera obstruido por algo.  
Aunque era un lugar común, a él le gustaba pensar en la frase “A las palabras se las lleva el viento”. ¿Y a las promesas? Ruiz se respondía con amargura que ni siquiera eso, que bastaba con una inocente brisa primaveral para borrarlas del mapa. ¿Cómo se podía suponer que después de treinta larguísimos años alguien estaría dispuesto a cumplir una?  ¿Promesa? ¿En verdad, había sido una promesa o un juego, una chiquilinada irresponsable dicha al pasar? 
Lento o rápido, el día finalmente había llegado y ahí estaba  Ruiz ahora, en su cama, inmóvil, con un montón de preguntas dándole vueltas en la cabeza, tratando de dilucidar si se iba a presentar o si iba a dejar pasar de largo el día, como tantos otros en los últimos tiempos.
Era extraño. Hasta la noche anterior, hasta el momento exacto de apoyar la cara en la almohada creía que era una locura irse hasta allá. ¿Qué sentido tendría? Pero ahora que había despertado percibía otra cosa. Le resultaba difícil de explicar pero era como si durante la noche alguien lo hubiera convencido de algo, o como si otro sujeto se le hubiera metido adentro de su cabeza. Insisto, allí estaba Ruiz, ahora dando vueltas lastimosamente en la cama, a punto de levantarse, impulsado por una fuerza extraña, o manejado a control remoto por alguien. Era como un destino implacable que había que cumplir, una fatalidad. Sabía que lo que iba a hacer era una verdadera estupidez, pero una cosa era su razonamiento  y otra muy distinta su cuerpo, su sangre corriendo como un torrente en sus venas, los latidos de su corazón sobresaltado.    
Finalmente se levantó de la cama matrimonial con el sigilo del ladrón que se desliza por un tapial para irrumpir en una casa en plena madrugada. Se movió de memoria en la oscuridad, en el más absoluto silencio. Se vistió con lo mejor que tenía en  el guardarropa y trató de hacer combinar las tres cosas: traje, camisa y corbata. No era bueno para eso, por lo menos su esposa siempre se lo reprochaba. 
Mientras se afeitaba no pudo evitar más cuestionamientos. ¿Qué me pasa? ¿Qué estoy haciendo? ¿Me habré vuelto loco? Si después de 30 años no queda nada. ¿Qué va a quedar? En treinta años se mueren personas, se vienen abajo edificios, se declaran guerras y se firman tratados de paz, se encienden volcanes y se vuelven a apagar. En treinta años el olvido es un manto que se esparce por todos lados como un veneno arrasador. ¿Qué iba a buscar a esa parada de colectivos? ¿Una chica? No, esa chica ya no existía, en el mejor de los casos iba a dar con una mujer que ese día estaba cumpliendo 49 años, una cincuentona, como él. No, de esos dos adolescentes seguro que no quedaba nada. 
Ruiz, como cualquier mortal, estaba lleno de defectos, pero quizá el más reprochable de todos era que siempre se adelantaba a los hechos. Era como un ajedrecista. Entonces, como si ya no tuviera bastante con ese pasado que le ardía por dentro, también se cuestionaba a futuro ¿Y después de esta tarde qué? ¿Cómo seguirá mi vida?
Aceptó que la situación le resultaba inmanejable y se dejó llevar por ese imán, por un oscuro impulso que lo movía a su antojo, como si fuera una marioneta.  
Se fue de la casa con la misma emoción que un preso siente al escaparse de la cárcel. Ya en la calle sintió miedo, sentía que era arrastrado por aquello que no alcanzaba a entender. ¿Sería curiosidad o los deseos de que algo torciera el rumbo de su aburridísima vida?
 Miró el cielo gris que amenazaba lluvias. A lo largo de los años se había imaginado un día luminoso. Mientras caminaba con las manos en los bolsillos, pensó en su jefe Marcucci. Le iba a decir una mentira para irse más temprano. Trabajaba en Vicente López y la parada de colectivos quedaba en Montserrat. Una hora y media de viaje. Un turno en el dentista, o un chequeo de rutina con el médico de cabecera. O que tenía fiebre, o le dolía la cabeza, o que se iba porque se le cantaban las pelotas. A la mierda con Marcucci, pensó.     
Miró la ciudad y tuvo la certeza de que había cambiado tanto o más que él. Una modernidad compulsiva la había afeado, vuelto desconocida.  ¿Y ella? ¿Habría cambiado mucho? ¿Viviría? ¿Se habría acordado de la promesa? Se cansó de hacer especulaciones.  La posibilidad del reencuentro le seguía resultando remota, era como acertar cinco números en la lotería. Como sobrevivir a un accidente aéreo. Imaginó miles de cosas que podrían haberle pasado. La vida era tan hija de puta a veces. Podía haber perdido la razón, estar postrada en una cama, presa, inconsciente, prófuga, desaparecida, muerta. Y esas dos últimas palabras lo sacudieron. Repitió, esta vez con lentitud: desaparecida... muerta. Esa posibilidad no la había considerado antes, por lo menos no con la fuerza de ahora.      
Durante el horario de trabajo su cabeza estuvo pendiente del reloj. Encendió la computadora para aparentar. No tocó ni un mísero expediente. No aguantó y pidió permiso para salir antes de las dos de la tarde. No recordó muy bien la excusa que le puso a Marcucci. Creía haberle dicho que se le había muerto una tía. Pobre la tía Catalina, la acababa de matar como si nada. Se tomó un tren y se metió en un viejo café de Retiro. Si sucedía, si se reencontraban, ¿cómo reaccionarían? No se refería a la mera reacción física, se preguntaba en realidad si serían capaces de saltar el abismo por una milésima de segundo y volver a sentir lo mismo que aquella lejana y luminosa tarde de agosto. ¿Se darían un largo abrazo o los años impondrían un saludo frío, de compromiso? ¿De qué hablarían? “Se te cayó el pelo pero no las mañas”,  tal vez ella le diría en tono risueño, como una forma de romper el hielo. En esa larga cavilación al menos tuvo una certeza. Había vuelto a sentir una adrenalina que él creía muerta.
Seguía vacilando. La memoria, la puta memoria. La memoria carajo, que traicionera que es. ¿Habría sacado bien los cálculos? ¿Se cumplirían hoy justo los 30 años? O habría sido ayer, o sería mañana, o el año que viene. Y el lugar, ¿sería ese? ¿Venezuela y Combate de los Pozos? La memoria. A partir de una edad uno anda por la vida con más olvidos encima que con recuerdos. ¿El inexorable paso de los años nos dejará algo?  ¿Cuando nos llegue el día, nos iremos vacíos?  Preguntas y más preguntas. No, no fue nada fácil la miserable espera de Ruiz adentro de ese café.
Se tomó el subte y se bajó en la estación Belgrano. Después se subió a un taxi, no quería correr riesgos, llegar tarde le resultaba imperdonable. Se bajó una cuadra antes. Quería evitar que ese pasado lo invadiera de golpe. Estaba convencido de que no sería capaz de soportarlo. 
El paisaje había cambiado pero aún conservaba un aire de aquella época. Los árboles. ¡Oh los árboles! Aún estaban. Viejos, arqueados, con pocas ramas, pero todavía en pie. No, no habían cambiado mucho. Tuvo el convencimiento de que podrían sobrevivir 30 años más, quizá siglos enteros.
A medida que se acercaba a la esquina las piernas le temblaban más. Creyó reconocer algunas casas de aquel entonces mezcladas con edificios modernos. Un gato negro se le cruzó en el camino. Aunque no era supersticioso quiso creer que era una señal de buena suerte. La calle Venezuela había cambiado de mano pero no estaba seguro del todo. Tal vez era él que estaba caminado en contra de la corriente, retrocediendo en el tiempo en busca de un pasado que por momentos se le volvía borroso, incierto. A veinte metros de la esquina vio la parada de colectivos. Se detuvo, el golpe fue fuerte, por unos instantes no supo que hacer, si avanzar o retroceder. Por un momento creyó entender los motivos de su presencia en el lugar. Tal vez alguien lo había arrastrado hasta allí para mostrarle algo, para hacerle una revelación. Decirle que todo lo que pasó entonces jamás volvería a suceder.  
Como sea, había llegado. Treinta años atrás la parada de colectivos no era más que un palo oxidado y algo torcido, como si algún vehículo se lo hubiera llevado por delante. El paso del tiempo la había convertido en un cómodo refugio, con carteles luminosos y un banco de madera barnizada adentro. De alguna manera había perdido su encanto. Se paró en lo que él creyó eran las baldosas exactas y dijo “acá, es acá”. Un hormigueo le recorrió todo el cuerpo. El corazón le latía fuerte. Se tambaleó. No, no era fácil haber regresado. A su derecha, una mujer mayor esperaba el colectivo. La miro de arriba abajo. No era ella, no podía ser ella. Enfrente, se detuvo a observar a otra mujer que aguardaba por el semáforo en verde. Le clavó la mirada con igual desesperación y sintió lo mismo que antes. No era ella, no podía ser ella. Igual, todavía faltaban cinco minutos para las seis y media de la tarde, la hora fijada. Cinco largos e interminables minutos. En diagonal a la parada divisó un bar. Cruzó la calle con el semáforo en rojo, y caminó directo hacia él. Miró hacia adentro pero no vio a nadie. Después, le sucedió algo extraño. Segundos antes había tenido la impresión de que ninguna mujer podía ser ella pero ahora le pasaba exactamente lo contrario. Creyó ver su cara por todos lados: en los autos, adentro de los negocios, en las veredas. Estuvo así, mirando a su alrededor como un loco hasta que sintió un roce en la espalda, fue como si alguien le hubiera apoyado una mano en el hombro. Giró y entonces los vio. ¿De dónde habían salido? Una pareja de adolescentes esperaban el colectivo en la parada. Miró el reloj y eran exactamente las seis y media de la tarde. La hora. Ruiz se quedó ahí, incrustado en la vereda, sin saber qué hacer. La noche acababa de llevarse las últimas luces y sin embargo le confería la claridad necesaria para entender lo que estaba sucediendo. Allí estaban ellos dos, de espaldas. Se imaginó sus caras. Creyó verlos tomados de la mano, hablarse en los oídos. Ruiz se refregó los ojos. El colectivo llegó mucho antes de lo deseado y la chica se subió con un movimiento rápido. El muchacho le hizo adiós con la mano y corrió unos metros a la par del vehículo. Después, el pibe paró un taxi y ya no lo vio más. En poco segundos la parada había quedado vacía otra vez.   
Ruiz, conmocionado por esa fugaz imagen, sólo atinó a entrar al bar. Se sentó en una de las tantas mesas que daban a la calle y mecánicamente empezó a contemplar la vereda de enfrente. Se tomó dos cafés, o tres.
Permaneció sentado allí unos minutos más, los suficientes para entender que acaso la vieja promesa se había renovado por otros treinta años más.
CLAUDIO MIRANDA
Marzo 2011               

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