viernes, 16 de agosto de 2019

EL ESCRITOR DEL MES



GERMÁN ROZENMACHER




 
"Ojalá que dentro de muchos años, cuando ni usted ni yo estemos, alguien, aunque sea una sola persona, se acuerde de un cuento, de alguna frase, o aunque sea de un adjetivo de esos pocos felices que a uno le salen a veces, muy pocos en la vida. Y entonces que el lector diga, "esto está vivo todavía". Si  pasa eso, yo, desde el purgatorio, voy  guiñar este ojo miope, bastante agradecido". German Rozenmacher (1936-1971).

Soy de los que piensa que todas la muertes son absurdas, incomprensibles. A mi amigo Rolo hay dos cosas del mundo que le molestan sobremanera. La vida y la muerte. La vida, cuando se vuelve tan injusta que nada ni nadie la puede justificar. Y la muerte, porque dice que una vida por más miserable que sea, por más mezquina y enferma que se vuelve, siempre merece otra oportunidad.
Reconozco que hasta esa tarde no había oído hablar de Rozenmacher, situación grave para alguien que se vanagloriaba de ser un gran lector (hoy ya no me vanaglorio de nada). En ese sentido el Rolo ejerció una actitud docente hacia mi. Hay que admitirlo: a pesar de la forma vulgar de hablar que tenía, era muy culto y sobre todo había leído a todos los grandes escritores, por lo menos sabía anécdotas de ellos que nadie conocía.
No se puede creer, tenía 35 años. Hubiera sido un nuevo Roberto Arlt, me dijo aquella noche, en un bar frío y solitario del centro de Banfield, a 50 metros de las vías del ferrocarril, que tiraron abajo en la década del 90. Estaba conmovido, era justo el aniversario de su muerte y admiraba profundamente su obra.
—¿Quién? —deletreámelo por favor.
—Ro-zen-ma-cher, Germám— dijo con cierta molestia
—¿Con Z ?
—Sí, con Z
Admití que no lo conocía. Otro en su lugar se hubiera ofendido por la ignorancia, sin embargo conservó su actitud sabia. Me contó la historia de ese final. El día, el 6 de agosto de 1971, la fecha de su muerte—empezó diciendo—, el diablo metió la cola si es verdad que el diablo existe y además tiene cola. Un día como hoy, el mismo que tiraron la bomba de Hiroshima, sólo que 26 años después, agregó, como si esa muerte fuera tan devastadora como el desastre mayúsculo provocado por la “Little boy”. Yo estaba ansioso por escuchar esa historia pero él necesitaba tiempo. Pidió un café y se quedó mirando a través de la ventana unos minutos. Sé que no miraba nada, pensaba, acaso intentaba encontrar una explicación a esa historia. Yo para matar el tiempo hice lo mismo que él: miré la calle oscura. No pasaba un alma.
Parece que el primer sorbo de café le dio ánimo para empezar el relato. Un amigo le prestó un departamento en Mar del Plata para que vaya a pasar unos días con la esposa y sus dos hijos, el más chico casi un bebe. No me preguntes por qué, pero yo tengo la idea de que todo ocurrió cerca de la Plaza Colón. A veces, cuando he pasado por ahí levanté la vista y miré los balcones. Traté de adivinar en cual de todos esos edificios ocurrieron los hechos. Pero no me tomes en serio porque esa es solo una especulación de mi parte.
-¿Dónde leíste la historia que me estás contando ?—lo interrumpí.
-No la leí. La sé de primera mano, ¿por?—me respondió tajante, cosa que me quedara en claro que no estaba dispuesto a admitir más interrupciones de mi parte para preguntar pavadas.
Llegaron al departamento con ganas de dormir, era de noche, pero el bebé, se empezó a sentir mal. A todo esto ya habían encendido las hornallas de la cocina, viste como es Mar del Plata en invierno, un cagadero de frío infernal. Pero no sospecharon nada, su esposa, su otro hijo y él estaban lo más bien. Lo más prudente era llevar entonces al chico al ….en ese momento el ruido de una locomotora tapó la voz de mi amigo, y yo no pude escuchar si fueron al hospital o a una clínica. Como no venía la caso, no le pregunté nada. Lo cierto es que se fueron los cuatro, el bebé tenía un color raro y su respiración no era buena. Entraron por la guardia y le hicieron todos los estudios. No le encontraron nada. Ahora respiraba mejor y el color era normal, se le habían ido los síntomas. El médico, por precaución, les propuso dejar al bebé en observación toda la noche y ellos aceptaron enseguida. Era una medida adecuada. El matrimonio deliberó un rato. Tenía que quedarse uno de los dos. No sabían lo que estaba en juego en ese momento. Tomaron la decisión. La esposa se quedó en el establecimiento y él se volvió al departamento con su hijo mayor. Allí, seguía el diablo agazapado, esperando una nueva oportunidad. No la desaprovechó. Quedaron en regresar a las 9 de la mañana del otro día. Sin embargo no aparecieron. Lo que paso después es producto de la investigación policial. Esa noche cuando regresaron, volvieron a encender las hornallas. Lo que no me acuerdo bien es si se fueron a dormir o la muerte los alcanzó antes. Lo cierto es que el escape de gas o de monóxido de carbono, no perdonó. Se los llevó a los dos.
Sobre el bar enteró aterrizó un mortal silencio. Después de un largo rato, mi amigo reaccionó:
-Es así nomás. Un día te viene a buscar y no hay con que darle.
Más tarde encendió un cigarrillo y se levantó. Tenía más impotencia que enojo. Nos vemos mañana, si es que el diablo no mete la cola antes, fue lo último que dijo aquella destemplada noche.