domingo, 26 de julio de 2020

EL VACÍO LEGAL

Que existe un vacío legal,  no me cabe la menor duda. Resulta que hay que bajarse todo a través del celular, la app para saber si te pescaste el virus, esa otra para tramitar el permiso de circulación, o aquella para sacar turno en el banco y cobrar las miserias que te pagan. No me extrañaría que pronto inventen una para poder respirar.  
Y si no las tenes descargadas no sólo no servís para nada en esta sociedad apestada, sino que te convertís en un jodido sospechoso de querer subvertir la salud pública. Un terrorista o casi.
¿Y si ni siquiera usas celular? ¿Cuál es el castigo? ¿El paredón de fusilamiento? ¿La cámara de gas? ¿El linchamiento? ¿El submarino seco? ¿O las 4 cosas juntas?
¿No hubiera sido mejor que el legislador antes de toda esta parafernalia cibernética, hubiera sancionado una ley que impusiera el uso obligatorio del celular? Sobre todo para evitar este tipo de vacíos legales que tantos dolores de cabeza nos traen, estas zonas grises que inquietan y mucho,  más cuando el cumplimiento de la cuarentena está en manos de fuerzas siniestras como la Gendarmería Nacional, la Prefectura, y otras bandas igual de descontroladas.  
No son marcianos. Yo tengo un amigo que no usa celular y no es un extraterrestre. Por convicción. Porque no lo necesita, porque no quiere ser un esclavo, porque no le gustan que lo espíen y sobre todo, porque no se le canta. 
Entre tanto confinamiento y tanto vacío legal, yo no sé que habrá sido de él, la verdad, estoy muy preocupado. Desde que se declaró la cuarentena lo llamo al teléfono fijo y no contesta. Y redes sociales por supuesto que no tiene. Ni computadora tiene. Y vive lejos para irme hasta allá. Yo le tengo miedo al virus, pero mucho más a las botas. La letalidad del primero es de sólo el 1,8% mientras que la de los milicos es del  100%, sobre todo cuando se trata de disparar por la espalda. Por eso no voy para la casa. Recuerdo que unos años atrás, en un bar de mala muerte, tomando un café de una calidad acorde a la categoría del tugurio, le dije que lo admiraba, que era uno de los pocos sobrevivientes de la tiranía tecnológica reinante. No te creas, me respondió, somos muchos más de los que te imaginas. Millones. Una especie de secta secreta, diseminada en todo el mundo. Lo que pasa es que preferimos un perfil bajo, tememos represalias.
Otro día, en otro mugriento café, me afirmó: algún día nos van a joder, bien jodidos. Somos un mal ejemplo y eso el Sistema no te lo perdona. A mi por ejemplo, me tienen fichado. A veces, cuando salgo a la calle, me siguen tipos, motos, autos. 
La última vez que nos encontramos ya se veía venir el tema de la cuarentena. Fue una especie de despedida. Tenía los ojos brillosos y la voz ronca. Se vienen tiempos duros, me confesó. Nosotros vamos a tener que pasar a la clandestinidad. Creo que de esta no zafamos. 
En fin, un verdadero dolor de cabeza esta situación. Y todo por culpa de esta gran vacío legal que nos han tirado por la cabeza. Prometo que cuando se levante la cuarenta, voy a ir corriendo a la casa de mi amigo para ver si le pasó algo. Y habrá que irse también a la casa de los otros refutadores de celulares en el resto del mundo. Y ya que estamos (no cuesta nada), a los hogares de todos los millones que sí tienen celular, fieles cumplidores del confinamiento planetario, que en teoría gozarán de pulmones sanos pero quizá de estómagos vacíos, y preguntarles si están bien, si necesitan alguna ayuda. Un plato de comida, un vaso de leche...no sé...un trabajo..una changa.
No sea cosa, Dios no lo permita, que haya sido peor el remedio que la enfermedad.

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