¿Por qué los Libros Náufragos?

 

De toda la literatura que se parió desde que el mundo es mundo es mundo, apenas una mínima parte se ha publicado. Millones de textos fueron devorados por el paso inexorable del tiempo, o por el fuego, elemento al que les gusta recurrir a muchos escritores.  
Los otros millones que todavía existen hoy deben estar arrumbados en polvorientos cajones, en olvidados sótanos, en cuadernos de páginas ya amarillentas, en discos rígidos de computadoras, CD, pendrives, y en cualquier otro soporte que se le pueda ocurrir.

Esta situación de olvido o abandono puede deberse tanto a los caprichos comerciales de editoriales como también a la propia voluntad del autor.
Me pregunto en estos instantes cuantos Frank Kafka existirán en el mundo, antes de la traición de su amigo Max Brod. O cuantos Andrés Caicedo deben pulular por ahí, antes de su anunciado suicido. (Crónica de una muerte anunciada, ¿no?)

Lo cierto es que habrá libros perdidos donde quiera que vayamos, será cuestión de estar atentos, de no ignorarlos, porque para ignorancia ya han tenido bastante.
En mi blog trataré de sacar a la luz algo de esa literatura olvidada, imagino que será como abrir un gran baúl arrumbado en un viejo sótano y revolver adentro para encontrar además de telarañas, algún tesoro.      

¿Por qué escribo?
Me resulta más sencillo contestar por la inversa, esto es, decir porque no escribo. No escribo ni por un deleite estético, ni para engordar mi ego ganando premios, ni siquiera para publicar, uno de los actos más aleatorios e injustos que conozco.
Hay que escritores que alegan escribir por necesidad. Hay otros que afirman que es para no ir al analista, o para no suicidarse. Hay muchas razones y todas en un sentido o en otro tienen algún asidero. Incluso los que sostienen que el acto de escribir es una forma de ir acostumbrándose a la muerte. Esta última definición me gusta, aunque no sé si tiene algo que ver en mi caso.
Con todo, lo que me llevó a escribir a mí, sin dudas me llegó un poco tarde, tal vez muy tarde. 46 años es mucho tiempo, todo una vida. 
Para dejar de seguir dando vueltas al asunto y arriesgar una razón por la que escribo, voy a hacer mío un pensamiento de Germán Rozenmacher. Creo que yo escribo por el mismo motivo que él. Dice así:
"Escribo con horario, todos los días , si no, no se puede, y ojalá que dentro de muchos años, cuando ni usted ni yo estemos, alguien, aunque sea una sola persona, se acuerde de un cuento, de alguna frase, o aunque sea de un adjetivo de esos pocos felices que a uno le salen a veces muy pocos en la vida: Y entonces que el lector diga: "Esto está vivo todavía". Si pasa eso yo, desde el purgatorio, voy a guiñar este ojo miope, bastante agradecido. No creo que pase, pero por las dudas, que quiera que le diga, es una de las tantas mentiras que me ayudan a trabajar como un loco".
La verdad, entre nosotros, yo tampoco creo que suceda, pero por las dudas sigo escribiendo".


Cómo nace un cuento?

¿Cómo diablos nace un cuento? ¿Cómo se hace para parir un relato? Más de una vez me hice esa pregunta con resultados disímiles. Si algo puedo afirmar es que no existe una explicación única. A veces surge de la nada, o es una vivencia que en algún momento sale a la luz, o una imagen que irrumpe sorpresivamente.
Un pensamiento fugaz, una frase o una palabra, una humilde palabrita puede ser el origen de cuento. Un sueño también. El cuentista es como el fotógrafo que lleva siempre encima su máquina de sacar fotos por si pasa algo.
Acaso algunas de estas razones o todas en su conjunto hayan tenido que ver en la gestación de mis cuentos. Es difícil saberlo. Tal vez haya sido puro azar.
Después vendrá el férreo convencimiento de que eso que nos llegó desde alguna parte merece ser contado. Hay un filtro inconsciente que deja pasar algunas cosas y otras las rechaza de plano.
En “Remordimento” uno de mis cuentos que he subido al blog y que pertenece al Libro “El Último Día (2009), el origen de la historia fue una frase con la que misteriosamente me desperté un sábado a la mañana: “Todos los amores deberían ser breves, fugaces, inconclusos. De lo contario envejecen, se vuelven grises, dejan de ser amores”. En otro, "Ana y el silencio, de la observación de una pareja en un Bar, estuvieron largos minutos en silencio, con la vista perdida en la calle. En esos momentos supe que tenía una historia, simplemente había que sentarse para escribirlas.

Cómo escribo?

Soy uno de esos escritores que echan mano a todos los recursos que tienen a su alcance. Desde una servilletita robado en un bar bohemio hasta una moderna computadora, pasando por anotaciones ligeras en un cuaderno que siempre llevo encima, o en la portada del diario del día, o en cualquier papelucho aparecido para la ocasión. También escribo con la cabeza, con el pensamiento voy armando la historia, frases enteras, largos párrafos, hasta cuentos completos pueden empezar y terminar en mi mente. Como lo hizo el inolvidable personaje de Jorge Luis Borges, Jaromir Hladík, en el famoso cuento “El milagro secreto”.

Mientras camino por la calles o me subo en un colectivo es posible que me encuentre en pleno proceso de escritura. Parece que voy papando moscas, pero en realidad es una de mis tantas formas de escribir. La historia me queda grabada en la cabeza y lo que uno simplemente debe hacer cuando se sienta frente a una computadora es pasarla en limpio, como si alguien desde algún sitio me estuviera dictando.
Hay cuentos en los que uno empieza con una idea determinada y luego, la fuerza de la historia, o de los personajes, la van torciendo en otro rumbo. A veces se tiene un principio y un final, pero se desconoce el medio de la historia. En otras ocasiones, como en el caso de “Remordimiento”, sólo se tiene una simple frasecita que por si sola va desarrollando la historia.

Hay de todo y un cuentista muchas veces se tiene que resignar a escribir lo que puede más que lo que quiere.
Después, llega el proceso de corrección que es un capitulo aparte. Se han escrito libros sobre el tema. Simplemente voy a decir lo que me dijo una vez un amigo escritor en broma: “escribir es humano, corregir es divino”. O lo que dijo ese notable escritor en algún momento de su larga vida: “Un escritor más que escribir, corrige.

Claudio Miranda