jueves, 24 de julio de 2014

IMBORRABLE

No quedó nada. Ni el viejo bar de la calle Chile, ni la confitería Richmond de la peatonal Florida, ni el mítico cine Lara de la Avenida de Mayo, a donde íbamos a ver de manera incansable la película "La canción es la misma" de Led Zeppelin; hasta nosotros nos perdimos para siempre.
No quedó nada pero a pesar de eso, esta historia permanecerá imborrable en mi cabeza.


Nota:
Por cuestiones obvias, los nombres de los personajes fueron cambiados.  

IMBORRABLE
Con la vuelta de la democracia nos empezamos a reunir los días viernes. Corría la época a la que todos llamaban orgullosamente “primavera alfonsinista” o “destape argentino”. Yo era bastante escéptico sobre el punto, más de una vez se me daba por pensar que aquellos días tenían poco de primavera y en especial, de destape, en el fondo creía ver la misma hipocresía de toda la vida a la que le habían pegado una lavada de cara a los apurones. 
El punto obligado de encuentro—la base de operaciones, como decía Paco—era un viejo bar ubicado en la esquina de calle Chile, casi esquina 9 de Julio, que tiraron abajo a mediados de los noventa.
A las 9 de la noche a más tardar y con algunas botellas de cerveza encima, salíamos a caminar por la ciudad. Íbamos siempre en dos grupos, separados a no más de un metro entre uno y otro, ocupando todo el ancho de las veredas. Hubo un tiempo en que me ilusioné, pensaba que el infaltable vagabundeo semanal era la forma que habíamos  encontrado de desafiar al paso del tiempo, de asegurarnos que siempre íbamos a estar juntos.      
Envueltos en conversaciones entrecortadas, en sonrisas cómplices, en silbidos distraídos, parecíamos flotar en la calles. Cada tanto, a más de uno se le daba por tararear alguna canción de rock. Recuerdo particularmente la forma en que lo hacía Luciano (se había ensañado con una hermosa melodía de Joni Mitchell), con una voz chillona que enronquecía enseguida y que a mí me daba vergüenza ajena. A veces me parece que ese ridículo tarareo es la síntesis de lo que me ha quedado de esa época.           
Había días que éramos siete y hasta ocho amigos. Por ejemplo, los primeros viernes del mes la asistencia era perfecta. De algún modo, todos nos las arreglábamos para tener unos los pesos necesarios para solventar esas religiosos reuniones. El que no trabajaba contaba al menos con un padre o una madre que generosamente pasaba una mensualidad, como eran los casos de Patricio y Chiqui, por ese entonces estudiantes en la universidad de Buenos Aires.
Lo cierto es que los ocasionales transeúntes nos veían venir y enseguida se apartaban a un costado de la vereda para dejarnos pasar. Después, a nuestras espaldas, se daban vuelta y nos miraban con curiosidad.
Éramos un grupo bastante raro. Por esos años me preguntaba qué era lo que más llamaba la atención: los pelos largos y rojizos de Marcia, la pelada lustrosa de Chiqui, la forma de caminar de Paco (tenía una pierna más corta), los tatuajes provocativos de Patricio, o mi traje gris impecable, haciendo juego con mi camisa y corbata.              
A no engañarse. Individualmente pasábamos inadvertidos, no se daban vuelta ni los perros,  pero juntos éramos otra cosa. Con el correr de los años me di cuenta de algo: lo que llamaba la atención de la gente era descubrir a un grupo heterogéneo, demasiado desparejo como para andar caminando juntos por la vida con tanta naturalidad. Sin embargo, en el fondo, sabía que no éramos muy diferentes. Acaso nos unía el deseo oculto de que algo extraordinario sucediera alguna vez en nuestras vidas.      
Ya en plena caminata nocturna, el Chiqui solía largar la pregunta de todos los viernes: “¿A ver hoy que nos trae nuevo la city?” Y la “city” casi nunca nos sorprendía con nada.  La mayoría de las veces terminábamos sentados en una plaza fumando con desgano, o en la función de trasnoche del cine Lara de Avenida Mayo mirando por enésima vez el film “La canción es la misma” de Led Zeppelin”.
Más tarde, bien entrada la madrugada, atraídos por las botellas de vodka, la marihuana, las ganas de dormir, o las tres cosas juntas, terminábamos la noche en el cuatro ambientes de Luciano.
Era un departamento muy cómodo, caro, regalo de su papá empresario. No hay nada mejor que tener como padre a un cerdo capitalista, decía Paco cada vez que entraba en la cocina y miraba con asombro la moderna mesada, las banquetas de pana y la heladera último modelo con freezer. Lo curioso o no tanto, era que el que más festejaba la ocurrencia de Paco era justamente Luciano, el hijo del cerdo capitalista.
Por esos meses Luciano parecía embarcado en una eterna mudanza. Había cajas vacías, valijas y libros tirados por todos lados. Decía que quería darle al departamento un toque especial pero nada parecía conformarlo. Los muebles iban y venían todo el tiempo de la casa de los padres al departamento y al revés. Así, el famoso toque final nunca llegaba. A veces compraba una biblioteca o una mesita de luz y al poco tiempo las terminaba regalando porque decía que no iban con el estilo del resto del mobiliario.
Después de comer nos tirábamos a dormir en donde se podía. Camas, sillones, colchones desparramados en el piso, lo mismo daba a esa altura de la noche.      
Fumé mis primeros cigarrillos de marihuana allí. Los demás ya tenían bastante experiencia en esas prácticas, pero lo nuestro más bien tenía que ver con el consumo social que con otra cosa. En todo caso pensaba que si alguna vez terminábamos de perder la cabeza sería por el alcohol y no por la drogas. 
Un viernes que estábamos aburridísimos, Marcos empezó a fantasear con conquistar alguna turista en la calle Florida, una diosa nórdica, como había hecho el pulga un par de años atrás.
—¿Quién?—preguntó Luciano
—Alejo, el pulga. ¿No te acordás? Se terminó yendo a vivir con la rubia esa a Copenhague.
Luciano contestó que sí, que se acordaba, y el tema quedó ahí, nadie dijo más nada, la idea de Marcos parecía no haber prendido, o en todo caso se veía inalcanzable.         
Sin embargo esa noche, cuando salimos del viejo bar de la calle Chile, nos fuimos a dar una vuelta por Florida. Marcos siempre fue cabeza dura. En plena caminata insistió con el tema. Le pidió a Marcia que, en el caso de cruzarse con la famosa diosa nórdica, le diera una mano con el idioma, aprovechando que ella había vivido unos cuantos años en Paris como exiliada política y que hablaba perfecto el inglés y el francés. Marcia aceptó con gusto, argumentó que con tal de verlo hacer el ridículo se prestaba a cualquier cosa. Pero esa noche, por el frío, o por la hora, casi no nos cruzamos con turistas, mucho menos con las fantásticas mujeres que había soñado Marcos.
Fue al viernes siguiente que Paco se apareció en el bar con el extranjero. Me acuerdo que nos miró a todos con picardía y después le preguntó a Marcos:
— ¿Che, en lugar de una dinamarquesa, no te da lo mismo un grandote canadiense? 
Todos reímos a carcajadas, incluso el gringo. Se llamaba Eric Swaster o Swester, ya no recuerdo bien, pero todos lo empezamos a llamar Neil, por Neil Young. El tipo, como buen canadiense, era fanático del célebre músico. Vivía a unos pocos kilómetros de Toronto. Para lo que era mi imaginario, Neil no era el típico canadiense. Por empezar, no era muy alto, tenía el pelo oscuro enrulado, la cara redonda, y barba de dos o tres días. Eso sí, era bastante corpulento, tanto o más que Marcos. También me llamaba la atención su español fluido, producto de una larga estadía en Perú unos años atrás.
El gringo decía que tenía la edad de Chiqui, veintisiete años, pero yo le daba por lo menos cinco o seis más. Paco lo había conocido el día anterior, en una marcha convocada por organizaciones de derechos humanos. 
Después de terminar la primera cerveza, Neil nos confesó que había llegado al país atraído por la increíble historia de las “Madres de Plaza de Mayo”, de quienes admiraba su coraje y su lucha. Marcia, que todavía conservaba buenos contactos políticos, le prometió llevarlo un día a conocer la sede de la agrupación. Me acuerdo que Neil se puso muy contento y agradeció nuestra hospitalidad. A lo largo de toda la conversación brindamos varias veces, levantábamos las copas bien altas  y después gritábamos: “por Argentina y por Canada”, “por las madres de Plaza de Mayo#, “por Neil Young y el rock”.
Cerca de las diez de la noche le preguntamos a Neil si quería venir con nosotros a caminar y enseguida contestó que sí, que iba a aprovechar para conocer la ciudad.
A lo largo de la recorrida el canadiense no paraba de sacar fotos, admirado por la arquitectura de los edificios y por la belleza de las avenidas y las plazas. Según él, en cada rincón, descubría un toque europeo. Cuando pasamos por la calle Maipú al 900 y le mostramos el edificio de departamentos donde vivía Jorge Luis Borges, Neil se mostró desconfiado. Al advertir que hablábamos en serio, miró el cielo y realizó un movimiento raro con la mano, algo parecido a una reverencia. Enseguida confesó emocionado que el mejor cuento que había leído en su vida se llamaba “El milagro Secreto”, del maestro Borges. Después quiso que todos nos sacáramos una foto en la puerta del edificio, pero como en ese momento no pasaba nadie yo tuve que hacer de fotógrafo.
Continuamos nuestra caminata bordeando la Plaza San Martín hasta desembocar en Florida. Bajamos distraídos por la peatonal, mirando vidrieras y hablando entre nosotros. Estuvimos a punto de entrar a la galería del Este pero algo, no sé qué, nos hizo seguir de largo. Más tarde nos metimos en la Richmond a tomar café. El canadiense estaba como eufórico, tal vez mucho más que eso: feliz. Fue entonces que Marcia me preguntó al oído, muy bajito:
—¿Con qué se habrá dado este loco?
Llegamos al departamento de Luciano antes de las tres. Yo estaba que me caía del sueño pero el whisky y el café que sirvió Patricio me despabiló bastante.              
Teníamos hambre y comimos empanadas de pollo y carne que encontramos en la heladera. Después, Paco, ayudado por Marcos, armó los cigarrillos de marihuana. Cuando terminamos de fumar el canadiense agarró la guitarra de Luciano y se puso a cantar. Fue una sorpresa comprobar que su voz chillona se convertía en algo dulce y afinado a la hora de hacer música. Haciendo honor al apodo que le habíamos puesto interpretó con mucho sentimiento “Powderfinger” de Neil Young.
Cuando terminó lo aplaudimos muy fuerte y brindamos con cerveza. Rápidamente se hicieron tres grupos, uno en el living, con Paco y Marcos, otro cerca del balcón formado por Patricio, Chiqui y Luciano, y nosotros—Marcia, Neil y yo—en la cocina. Fue en ese momento que aprovechamos para preguntarle cosas de su país y de su vida. Debe haber sido por el cansancio que nos contó muy poco. Apenas que trabajaba seis meses en un pequeño emprendimiento que tenía en Toronto, y que la otra mitad del año la dedicaba a viajar por el mundo. Marcia quiso saber cuándo se iba y él contesto que no lo sabía muy bien, pero que probablemente antes de la llegada de la primavera. Cuando le preguntamos qué era lo que más le agradaba de la Argentina contestó sin dudar:
—Todo, me gusta todo.  
En un momento dado hice un paneo a mi alrededor y di con botellas vacías. En pocos minutos habíamos acabado con toda cerveza del departamento.  
Después, ya no sabría decir muy bien cómo siguió la reunión porque sin saludar a nadie me tiré en un colchón, cerca de la estufa. Antes de dormirme escuché que al canadiense le decían que podía acostarse en el cuarto de Luciano, en la cama más grande.

Cuando me despertaron a los gritos y me dijeron que Neil estaba muerto, yo creí que se trataba de una broma de mal gusto. Esa sensación me duró hasta que entré al cuarto de Luciano y lo vi tendido en la cama boca arriba, con los labios apretados, el rostro pálido  y los ojos entreabiertos.
Aprovechando mi breve paso por la facultad de medicina me pidieron que lo revisara para saber si era verdad que el tipo había pasado a mejor vida. No hacía falta ser médico ni mucho menos para confirmar la sospecha, el gringo estaba frío y blanco como la nieve. Miré el reloj y eran las doce del mediodía. Me aparté y caminé en silencio hacia la ventana. Observé el cielo celeste, la calle, la gente. Afuera parecía ser un sábado más, tal vez un poco más fresco que los anteriores. No terminaba en caer. El resto también permaneció en silencio, rodeando al muerto, en un círculo perfecto. Estuvimos así hasta que alguien por fin exclamó: “ ¡Dios mío, pobre tipo! ¿Qué le habrá pasado?”
—Para mí que se daba con drogas pesadas—arriesgó Chiqui.
—Sí—dijo Marcos—, ya vendría entonado de antes y lo que tomó y fumó acá fue la gota que rebalsó el vaso.
—No sé, no creo. Tengo el presentimiento que fue el corazón—dijo Paco.
—O un ataque cerebral—dijo Patricio.
—Como puede ser—se lamentó Marcia—, si hasta ayer estaba lo más bien.
—Sí, hasta ayer—respondió molesto Luciano—, hoy palmó.  
No podría recordar con precisión todas las especulaciones que ensayamos para explicar la misteriosa muerte de Neil. Sí que en un momento dado alguien pregunto qué íbamos a hacer. Entonces empezó una larga discusión. Las opiniones se dividieron rápidamente. Estaban los que querían dar a aviso a la policía y los que se negaban rotundamente. De a poco se fue imponiendo la segunda postura. Según Paco iba a ser lo mejor, el hecho podía ser calificado como muerte dudosa y todos terminaríamos imputados como sospechosos.
Luciano coincidió. Además aventuró que en caso de zafar, lo mínimo que nos iban a tirar por la cabeza era un proceso por tenencia y consumo de drogas.
Marcos agregó que si el episodio tomaba estado público entonces iba intervenir la embajada canadiense y que todo el caso iba a ser un gran escándalo internacional. 
Fue ahí que me metí yo, dije que si me comía una causa judicial en la oficina me iban a terminar despidiendo.  
Por si todavía quedaban dudas, Marcia nos terminó de convencer a todos. Con lágrimas en los ojos afirmó que los represores seguían manejando las fuerzas de seguridad en las sombras, que si descubrían su carácter de exiliada política iban hacer con ella lo que no pudieron hacer en su momento.  
De repente, Patricio preguntó:
—Ok, no llamamos a la cana, ¿pero qué hacemos?
Luciano no dudó, contestó de manera terminante:
—Hacemos desaparecer el cuerpo. Lo tiramos en algún lugar, bien lejos, para que nadie lo pueda encontrar.
—Esos eran los métodos de la dictadura—respondió Marcia indignada.
—No hables boludeces, nena. Nosotros al tipo este ni lo secuestramos, ni lo torturamos, ni lo asesinamos. Ni siquiera sabemos quién carajo era. Mirá que el mundo es grande, eh. ¡Qué culpa tengo yo que este gringo hijo de remil putas haya elegido mi departamento, mi cama para venir a morirse!
Luciano estaba furioso. El ambiente se puso tan tenso que por un par de minutos nadie se animó a decir nada.
—Bueno, está bien—dijo Marcos—, conoces algún lugar para enterrarlo.
—¿Enterrarlo?—preguntó Luciano—. No, mejor no, va a llevar un tiempo hacer eso. Conozco un lugar en donde no pasa un alma y está lleno de alimañas. Los bichos esos se lo van a tragar mucho antes que los gusanos.
—¿Alimañas? Pero hay que enterrarlo—reprochó Marcos—. Al menos eso. No ves que el tipo era cristiano.
—¿Y vos como sabés eso?
—Por la cruz que le cuelga del pecho.
Fue entonces que intervino Paco:
—Lo que vamos a hacer es una salvajada.
—¿Salvajada? ¡Justo vos venís a hablar! —gritó Luciano—. Si no lo hubieras traído no estaríamos metidos en este quilombo. Mejor calláte la boca.
Paco estuvo a punto de írsele al humo, pero logramos contenerlo entre todos. Cuando se calmaron los ánimos, Marcia le preguntó a Luciano dónde quedaba ese lugar.
—Cerca de la ruta 11, camino a la costa.
—¿Y por qué tan lejos—preguntó Marcos?
—Si conoces un lugar mejor para tirar un muerto decímelo.
  Como Marcos no respondió, Luciano siguió con la explicación: había que ir hasta el kilómetro 180 y doblar en un camino perdido, de tierra. Después, apagar las luces del auto y recorrer en la oscuridad unos 10 kilómetros aproximadamente, dejar el cuerpo entre los pastizales  y regresar lo más rápido posible. Me acuerdo que tuve ganas de preguntarle como era que conocía un lugar así, pero no me animé.  
Patricio, que hacía varios minutos que no abría la boca, dijo que lo mejor era que todos nos mantuviéramos unidos para que las cosas salieran bien.  
Cuando el plan nos terminó de cerrar a todos, empezamos a discutir la mejor forma de sacar el cadáver del departamento. Otra vez las especulaciones. Alguien, no me acuerdo quién, habló de descuartizarlo. Otro de meterlo en una valija o en un bolsa de consorcio. Todas incoherencias, teniendo en cuenta lo grandote que era Neil. Yo dije que mientras discutíamos pavadas, pasaba el tiempo y el rigor mortis del cuerpo nos iba a dificultar cualquier solución.
Luciano dijo que contra eso no podíamos hacer nada, que igualmente había que esperar a la noche para sacarlo, que para ese entonces el cuerpo iba a estar más duro que una roca. Después, prendió un cigarrillo, le dio dos largas pitadas y dijo:
—No le demos mas vueltas al asunto. Hasta el ascensor no debe haber más de tres metros. No parece tan complicado. Vamos a tener que arrastrarlo hasta allí, rogar que no nos vea nadie, bajar hasta la cochera, rogar otra vez pasar inadvertidos, y meterlo adentro de la Trafic.
Dentro de todo era una suerte que esa noche Luciano tuviera a su disposición la camioneta del padre. Otros días, en cambio, andaba con un auto importado muy bonito, pero con un baúl en el que no hubiera entrado ni la mitad del cadáver de Neil.

A la tarde nos dedicamos a eliminar pruebas. Rompimos en mil pedacitos el pasaporte y las tarjetas de crédito. Después, las tiramos por el inodoro. Lo mismo hicimos con unas extrañas credenciales y una libretita con anotaciones de direcciones y números telefónicos. Luego, abrimos la mochila y encontramos los dólares. Marcia los contó y eran exactamente mil ochocientos. Me acuerdo que Luciano se los sacó de la mano de mal modo y fue hasta la cocina, prendió las hornallas y los fue quemando de a tres o cuatro. Yo sé que más de uno pensó en repartir el dinero, se los pude leer en los ojos. Incluso yo llegué a hacer mentalmente el cálculo de cuánto nos hubiera tocado por cabeza. Era extraño ver cómo se encendían los billetes y mucho más sentir el olor que despedían. Luciano, a medida que avanzaba en la tarea de incineración, nos miraba de manera desafiante pero nadie se atrevió a decirle nada. Con el tiempo comprendí que haber tomado la plata nos hubiera convertido en algo todavía más siniestro. 
Después, seguimos revisando las cosas. Tenía dos libros: “La náusea”  de Sartre y “Muerte en Venecia” de Thomas Mann. Me resultó imposible no asociar lo que le había pasado al canadiense con el título de ese libro, a pesar de que Buenos Aires y Venecia no se parecían en nada. Y la náusea también, cada vez que miraba el cadáver me agarraban arcadas. Los dos terminaron en el fuego y mientras ardían,  yo me acordé de cuando los militares hacían fogatas para quemar libros. Por la cara que puso Marcia, estoy seguro que ella tuvo la misma impresión.  
En un bolsillo perdido de la mochila había un walkman y varios casetes importados de Jimi Hendrix y Richie Havens. Luciano decía que en la semana iba a ir a navegar al tigre para tirar todo eso en el río, junto con el reloj, la máquina fotográfica y la cadenita con la cruz.    
Me acuerdo que Patricio a cada rato entraba al cuarto a mirar al muerto como si dudara de su estado o si esperara el milagro de la resurrección.
A la nochecita nos dedicamos a descansar. Yo no tenía sueño pero tirarse un par de horas era una manera de pasar el tiempo. No era sencillo encontrar un lugar porque se disponía de dos camas menos: la del muerto y la camita que estaba pegada a ella y a la que nadie quería ir.    
A eso de las 7 sonó el teléfono. Eran los padres de Chiqui que querían saber si iba ir a la noche a cenar a la casa. Él contestó que no, que se había comprometido a pasar por el cumpleaños de un amigo. Lindo cumpleaños, pensé.
Como en la heladera ya no quedaba nada logramos convencer a Luciano de bajar a comprar pizza. Nos puso dos condiciones: regresar inmediatamente y no comprar cerveza porque decía que había que estar muy sobrios para no meter la pata a la hora de sacar al muerto.
Cuando terminamos de comer la pizza encendimos el televisor y nos pusimos a mirar  en el canal 7 el programa “Función Privada”. Daban un policial francés lento y bastante aburrido. Por la mitad del film aparecía un tipo de gruesos anteojos deshaciéndose de un cadáver, lo enterraba en el fondo de una casa abandonada. Recuerdo que todos nos pusimos muy tensos y Luciano, rápido de reflejos,  se levantó y apagó de mal modo el televisor.  
A la una de la madrugada, alentados por el silencio del edificio, sacamos el cuerpo. Cinco minutos antes, Marcia y Marcos habían bajado a las cocheras para estacionar la Trafic lo más cerca posible de los ascensores. Luciano pidió además que el vehículo quedara de culata y con la puerta trasera abierta.
Cuando entramos al dormitorio fuimos rodeando de a poco al muerto. No podíamos dejar de mirarlo, parecíamos hipnotizados. La imagen me hizo acordar a la escena en un velorio. Entre Luciano, Chiqui y yo nos organizamos para levantarlo. Ya casi teníamos controlada la situación cuando por un mal cálculo se nos cayó sobre la alfombra roja. Hizo un ruido muy fuerte y entonces yo pensé en la gente que vivía abajo. Luciano, fuera de sí, me echó la culpa. Dijo que no tenía fuerzas, que mejor le cediera el lugar a Paco. Al hacerme a un lado noté que el piso había quedado manchado del líquido grisáceo que largaba la boca y la nariz del muerto.
Lo arrastraron como pudieron hasta la puerta del departamento y se quedamos allí, hasta que Patricio, que había ido a llamar el ascensor, dio el visto bueno. Los muchachos cargaron al canadiense y llegaron hasta el ascensor sin hacer ruidos. Yo cerré con llave el departamento y bajé con Patricio los tres pisos por las escaleras. Cuando llegamos a las cocheras ya estaban los cinco esperándonos adentro de la Trafic. Marcia y yo subimos adelante y el resto fue atrás aunque por la oscuridad nunca pude distinguir bien de qué lado viajaba el muerto. Luciano salió a toda velocidad y tomó la Avenida Libertador hacia el norte. No sé si era por el movimiento que había en las calles o las luces de las plazas y avenidas, la ciudad parecía prepararse para una gran fiesta.
Ya en plena ruta, Luciano iba rápido. En algún momento del viaje sentí temor de que nos detuvieran por exceso de velocidad, pero la verdad es que no se veían policías por ningún lado.
Promediando el viaje pasó algo que me dio tanto o más escalofríos que el muerto. No sé bien cómo, pero por unos instantes logré abstraerme del ruido del motor de la Trafic y entonces llegó de lleno a mis oídos el silencio de esa ruta oscura y solitaria. Sé que es difícil explicarlo con palabras, pero puedo jurar que no era un silencio cualquiera.
Y esa inquietud que me sacudía por dentro se mezcló con la voz ronca atrás de Chiqui, pidiendo desesperadamente que abriéramos las ventanillas porque le faltaba el aire. Yo dije que sí, que por favor las bajarán, que me estaba ahogando también. Luciano y Marcia hicieron caso enseguida y entonces un aire muy frío sacudió mi cara, fue como revivir.                     
Cerca de las dos y media Luciano apagó las luces de la trafic y tomó el camino de tierra. Íbamos a poca velocidad pero igualmente la camioneta se zarandeaba para todos lados. Cada tanto se escuchaba el ruido de piedras golpeando debajo de nuestros pies. A veces se cruzaban sombras en el aire y a mí se me ocurrió que podían ser murciélagos. 
A los pocos minutos el vehículo se detuvo abruptamente y alguien dijo que habíamos llegado.     
 Luciano, Paco y chiqui bajaron al muerto y lo empezaron a arrastrar hacía un costado del camino. Los cuatro eran como una sombra espesa que se iba diluyendo entre los pastizales. Mientras esperábamos en la oscuridad yo me pregunté un montón de cosas: 
¿Nos habría visto alguien? ¿Qué tipo alimañas eran las que se iban a devorar al canadiense? ¿Seríamos capaces de mantener el secreto a lo largo del tiempo?       
Regresaron diez minutos más tarde. “Ya está, ya está”, no paraba de decir Chiqui, parecía un disco rayado. Los tres tenían las caras desencajadas y respiraban con dificultad. No pudimos irnos enseguida. Tuvimos que esperar a que Paco terminara de vomitar. Había quedado a un costado de la Trafic, arrodillado,  tomándose el estómago y quejándose entre vómito y vómito. 
Después, Luciano manejó tan rápido como en el viaje de ida. Marcia lloriqueaba muy bajito a mi lado, con la frente apoyada en la ventanilla y su mano aferrada al pecho.
Mis ojos permanecían fijos en la línea blanca que separaba los dos carriles de la ruta. Yo creo que algún efecto hipnótico debería tener esa raya, ya que por largos minutos ni siquiera pude pestañear.  La sensación que me invadió en esos momentos fue de lejanía, como la de haber llegado a un lugar remoto desde donde jamás podríamos regresar.
El único que habló en todo el trayecto fue Chiqui para decir que por un tiempo teníamos que dejar de vernos.
Desde esa noche, a excepción de Paco, jamás volví a verlos. Una década después me crucé con él cerca de plaza de Mayo y los dos fingimos no habernos visto. 
Luciano nos fue dejando de a uno en nuestras casas y yo fui el último en bajarme de la Trafic.
Mientras el sol de la nueva mañana empezaba a asomarse lentamente y la llave de mi departamento se empecinaba una y otra vez en errarle a la cerradura, se me dio por pensar en todos los turistas que en ese momento estarían llegando al país. Imaginé a esos tipos sonrientes, distendidos, con la ilusión intacta de pasar una estadía única, imborrable.

CLAUDIO MIRANDA  - NOVIEMBRE 2010

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