miércoles, 29 de noviembre de 2017

UNA ENFERMEDAD INCURABLE

¡Ay, la pobreza! ¡Que burla más cruel! Ni bien empezó a transitar las callecitas del miserable barrio, fue lo primero que pensó el ingeniero Artemio Marinelli. El degradante paisaje que se levantaba frente a sus ojos era prácticamente un calco del presenciado la última vez, quince años atrás. 
Las diferencias las podía contar con los dedos de una mano o con menos que eso: Calles asfaltadas a los ponchazos en vez de la tierra o el ripio; ladrillos sin revocar y desprolijas lozas, en lugar de chapas oxidadas. Y para de contar. El resto seguía teñido de la misma precariedad y desaliño. Los zanjones con aguas servidas seguían allí, inalterables, salpicando de indignidad a sus habitantes. 
No había hecho ni dos cuadras cuando se rectificó de aquel pensamiento. Una burla cruel no, la pobreza es una puta enfermedad. Incurable. El que nace pobre, se muere pobre. Si tienen hijos, van a ser pobres y si hay nietos, también pobres como las ratas. Y los bisnietos y los tataranietos. Y así siempre. Una continuidad perversa e interminable. 
La pobreza. Enfermedad incurable y además, hereditaria. No existe remedio que pueda curarla ni vacuna que la pueda prevenir. Afección creada por los ricos en un laboratorio de ricos desde tiempos inmemoriales para que estos sean todavía más ricos y los pobres más pobres aún. Otra que el cáncer. Al menos el cáncer te mata rápido o relativamente rápido. La pobreza en cambio te va liquidando todos los días un poquito, te va minando con infinita paciencia las fuerzas físicas y espirituales. Es como un vampiro prendido a la yugular que te va chupando la sangre en cómodas cuotas, pero siempre asegurándose de dejarte un mínimo caudal corriendo por las venas, cosa que cuando regrese al rato, siempre le quede algo para seguir succionando.  
Pobreza y parca formaban una sociedad sin fisuras. Estaban coordinadas con siniestra perfección. Cuando una finalmente llega, la otra se encarga, ahora sí, de exprimirte hasta la última gota. Dejarte seco como una hoja en pleno otoño. Y eso de que todo sufrimiento por fin culmina en el crucial instante de la partida de este mundo, estaba por verse. En una de esas la pobreza no se moría ni con la muerte. Por ahí, atravesado el temible umbral, seguía vivita y coleando, porque eso de que el cielo es el reino de los pobres era por esos días, para el ingeniero Artemio Marinelli, una verdad discutible. De a poco, el paso de los años le habían ido arrebatando todo, hasta la fe religiosa.
 

CGM
(Fragmento de mi segunda novela: Fin de Semana Largo)
Claudio Miranda - Berlín 9/2017


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