Mis Cuentos Breves(¡¡Nuevo!!)

EL SUEÑO ANARQUISTA
Era mi canillita de toda la vida. El quiosco quedaba en plena Avenida de Mayo, a media cuadra de la 9 de julio. Antes de entrar al trabajo le compraba el diario, y los viernes, alguna que otra revista. Así fue durante veinte años.
Siempre consideré que era un tipo que se las traía, quiero decir que era un tío especial, la palabra que me sale es estrafalario, pero no sé si es la correcta. Al margen de las convenciones gramaticales de la Real Academia Española, la sensación la pude confirmar ayer, cuando en el medio de una confianza inesperada, me confesó el siniestro plan. Nos tienen podridos a todos en el gremio. ¡La gente, viejo! Quién va a ser...cada vez compran menos diarios pero preguntan más: ¿Dónde está el hospital Rivadavia? ¿Y el ministerio de Trabajo? ¿Y la cárcel de Devoto? ¿Y la calle Cucha Cucha? ¿Y la reputamadre que los repario? Salen en bolas a la calle, ni saben donde están parados, si no fuera por nosotros, no sé que habría sido de estos marmotas todos estos años. ¿Quién les dijo a esos cómodos que somos guías de turismo? A ver, ¿de dónde lo sacaron? En otros países los canillitas venden diarios y punto, pero acá no, acá nos preguntan estupideces todo el tiempo. Que se vayan a cagar a los yuyos. Todo tiene un límite. Ayer lo decidimos en asamblea de delegados, soberanamente reunida y por unanimidad. Y si te lo cuento a vos flaco, es porque te aprecio, en todo este tiempo no me hiciste una puta pregunta. Eso sí, escucháme bien, te entra por un oído y te sale por el otro. No sé si me captas…Bueno, mañana mismo, con la mejor jeta que podamos fingir, les vamos a responder cualquier pavada, no van a llegar a ningún lado, o mejor dicho, van a ir a parar al mismísimo carajo. Te imaginas, para un gremio de origen anarquista como el nuestro (confieso que en ese punto quise interrumpirlo, de decirle que a mi modesto entender el origen del sindicato era peronista, pero el tipo de me dio lugar, estaba embaladísimo), va a ser como tocar el cielo con las manos. El caos y la anarquía, reinando en la ciudad.  Y cuanto más despelote, mejor, los diarios se van a vender como pan caliente. A la mierda con Buenos Aires y con los locos que la habitan, el sueño anarquista hecho realidad, remató con euforia.   
Me sonreí y pensé: un sujeto delirante y trasnochado, esas eran las palabras exactas para definirlo y que los gerontes de la Real Academia no se animarían a cuestionar. 
Hoy, como todas las mañanas, salí del subte en la estación Piedras, y lo primero que noté fue que la gente andaba a la buena de Dios, como zombies. A lo lejos escuché sirenas de ambulancias o patrulleros, no sé bien. En el horizonte vi humo negro elevarse y confundirse con las nubes del mismo color. Y el olor a quemado era tan fuerte que me hizo toser.
Cuando llegué al quiosco, el canillita, mi amigo de toda la vida, me recibió con una sonrisa cómplice. Luego me hizo un guiño, con su ojo miope.
CGM
Julio 2015


CESARE
(1° Mención de Honor Concurso de Relatos de Inmigrantes en el Bicentenario – Metrovías  - Centro Cultural Borges - 2010)  


No había pegado un ojo durante toda la noche. A las tres de la mañana ya estaba levantado. Se había bañado, vestido con la mejor ropa y hasta le sobró tiempo para lustrarse los mocasines. Después,  había estado caminando por la casa como un alma en pena.
No había sido insomnio. En todo caso se trataba de la ansiedad del viaje o simplemente de los recuerdos que no habían parado de retorcerse adentro de su alma. Esa noche había sido una desgracia, pero por fin había amanecido. El taxi estaba al caer de un momento a otro. Y ahí estaba ahora, sentado en la cama mirando las paredes blancas, los muebles que todavía se conservaban brillosos y el espejo en donde se reflejaba su cara arrugada y ojerosa. 
Los iba a llamar desde el aeropuerto para contarles la novedad. Lo que se dice un hecho consumado. En realidad, se lo iba a comunicar al hijo mayor. Sabía de memoria lo que iba a responder: “Al final te saliste con la tuya”, “qué vas a ir a hacer allá”, “te vas a morir solo como un perro” y otras frases por el estilo. Todo eso iba a decir el hijo mayor pero a él ya no le importaba nada.
Al hijo menor le iba a escribir una carta ni bien llegara a Italia. Eso sí, no se iba a olvidar de dejar saludos para los nietos. Eran tantos esos pibes que ya ni recordaba sus nombres.
Abrió la valija negra y extrajo el pasaje. Era un boleto de ida solamente. Recordó la pregunta molesta del empleado antes de vendérselo:
—¿Ida únicamente?
—Sí, ida. ¿Algún problema?
—No, señor, claro que no.
 Y entonces se preguntó que tenía de malo sacar sólo un boleto de ida, como si fuera un pecado volver a la patria y después no mover más un pie de allí, hasta que un día Dios lo mandara a llamar. Acaso no regresaba justamente para eso, para cerrar el círculo de una buena vez, para morirse en la tierra que lo había parido, como lo había hecho su hermano Santos, diez años atrás. ¿Cuál era el reproche entonces? Qué pregunta más estúpida la del empleado.
Mientras llegaban desde la calle los primeros sonidos de la fría mañana, se calzó los anteojos y leyó en voz alta su nombre escrito en el pasaporte: Cesare Antonio Pelletieri. Así decía. Qué raro que sonaba, si hasta no parecía ser él. Pero se llamaba así. Por lo menos cuando llegó al país ese era su nombre. Con el tiempo lo empezaron a llamar Cesar. Sí, Cesar, nada de Cesare. En muchas ocasiones ni siquiera eso, apenas “tano” o “tanito”. Le habían cambiado el nombre y más tarde los años le terminaron robando el idioma.    
Llevaba poca ropa y en la valija sobraba lugar. Lo último que había guardado era el retrato de su padre. El mismo retrato que había descansado en su mesita de luz durante los últimos 60 años. En la foto, el viejo tenía puesto el uniforme de capitán del ejército italiano. Su cabello era muy negro, tirado para atrás y sacaba pecho, con orgullo y bronca al mismo tiempo.
Allá lo iba a estar esperando el primo Juan. Le llevaba tres años pero Juancito estaba más arruinado que él, sobre todo más sordo; o tal vez no era sordera, quizás era la senilidad que desde hacía unos años le había empezado a pegar duro. Se iba a vivir con él, en la vieja casa familiar que todavía se mantenía en pie, a unos pocos kilómetros del aquel maravilloso lago.
El taxi llegó puntualmente a las 7, como lo había solicitado. Dos bocinazos —el último un poco más insistente que el primero—bastaron para que el viejo se diera cuenta de que había llegado la
hora. Se puso de pie y miró a su alrededor. El caserón era como una
enorme tumba de mármol donde se amontonaban los latidos de varias generaciones. Se acordó de Matilde, su esposa, fallecida dos inviernos atrás, y de la ferretería que había fundado en el 55 y que ahora administraban sus hijos. Se acordó también de sus padres
que estuvieron a punto de venirse en el 57, pero una enfermedad los dejó con las ganas. Querían ver con sus propios ojos eso que él les había contado en las cartas, que el país era tan grande como el infinito y que el sólo hecho de observar las llanuras inmensas y solitarias bastaba para marearse. Miró otra vez el cuarto y se preguntó: ¿Por qué tan lejos? Después de todo a él no le habían preguntado si quería venirse para acá. A un mocoso no se le pregunta nada. Todo fue arreglado entre grandes, a las apuradas. Se lo  entregaron al tío Humberto, y después, casi sin respiro, se subieron a ese barco destartalado que los trajo hasta el Río de la Plata.  
Arrastró la valija negra como pudo. Al abrir la puerta de la calle  sintió una especie de electricidad, un estremecimiento. El picaporte le había trasmitido el temblor de las miles de manos que se habían posado en él, el fulgor de un pasado que ya nunca iba poder olvidar.      
El chofer lo ayudó con el equipaje y él enseguida se acomodó en el asiento trasero.
El cielo se había puesto gris y había comenzado a lloviznar. El auto arrancó con determinación y entonces el viejo volteó la cabeza para mirar la casa por última vez.
Antes de llegar a la esquina el chofer lo observó por el espejito retrovisor y con una voz simpática le dijo:
—Mire, señor, tenemos una hora hasta llegar a Ezeiza. Como presiento que nos vamos a terminar haciendo amigos, voy a presentarme: me llamó Ricardo Julio Retamozo, un servidor, ¿Y usted?
El viejo no dudó. Con el pecho inflado y los ojos húmedos respondió:
—Yo soy Cesare Antonio Pelletieri, oriundo di Ono San Pietro, provincia di Brescia, Italia, otro servidor.
CGM

Febrero 2010

EL REGRESO
Un día cualquiera, Gustavo Bonano volvío a la que había sido su casa, 25 años después que otro día cualquiera, se había mandado a mudar, dejando detrás de su huella que se perdería ni bien diera la vuelta la esquina, a su esposa, por más de dos décadas, Inés Fuentes, y a sus dos hijos adolescentes, Macarena y Lucas. 
Se iría lejos, para empezar otra vida, para juntarse con otra mujer, que luego, con el paso de los años, serían otras vidas, otras mujeres. 
Se hizo presente en el viejo barrio a la hora en la que el sol empezaba a esconderse en el horizonte.
Las primeras sombras asignaban a esa figura encorvada, de caminar vacilante, las características de un fantasma.
Traía consigo una descolorida valija con muy pocas cosas adentro, las ropas raídas, la barba de 3 días y la certeza de no tener un lugar a donde ir a parar.
¡Que venida abajo estaba la casa! Tanto o más que él. Se detuvo justo enfrente de la ventana que daba a la cocina. Creyó ver detrás del mosquitero la figura de una mujer mayor. ¿Sería ella? ¿Y por qué no tocaba el timbre y se sacaba las dudas de una santa vez? En una de esas....quien te dice...es tan feo morirse de viejo...y solo. Apagadas las pasiones para siempre, cuando lo único para hacer es dejar pasar el tiempo, tal vez no habría nada que perdonar, porque todo había entrado en el olvido,porque el tiempo pasado era tanto y el tiempo por venir tan poco...
Enseguida advirtió la estupidez de su pensamiento y siguió de largo, dejando atrás la que había sido su casa, el único lugar- ahora se daba cuenta- donde había sido feliz, caminando en dirección de las luces agónicas del atardecer, hacia ningún sitio
CGM
Octubre 2015


28 DE DICIEMBRE
No recuerdo de quien fue la idea. De lo que estoy seguro que todos la aprobamos, o por lo menos, si alguien no estuvo de acuerdo, se calló la boca. Después de todo, era 28 de diciembre, día de los santos inocentes y a alguien había que joder. 
Mirta era por lejos la piba del curso más...no, la más linda no era, sí la más "fuerte", una anatomía demoledora, por donde se la mirara. 
Él se "llamaba" Rafael Mora, el compañero al que todos teníamos de hijo, un pibe alto y desgarbado dueño de una alegría e ingenuidad rayana con la imbecilidad, sobre todo teniendo en cuenta que ya todos andábamos por los 16, algunos incluso ya habían cumplido los 17.
Ese año, por las huelgas del gremio docente, las clases terminaron el 30 de diciembre.
En el recreo le dijimos que a Mirta la tenía muerta, que ella daría cualquier cosa por tener una experiencia con él. ¿Cómo una experiencia conmigo? nos preguntó tontamente. Coger, flaco, quiere coger con vos, a ver si me entendés. Acaso no te diste cuenta cómo te mira, desde segundo año que te come con la vista. Te espera hoy a la salida para hablar del asunto.
Por supuesto que se lo creyó, si le hubiéramos contado que una flotilla de ovnis acaba de aterrizar en la otra cuadra, también se lo hubiera creído.
Me acuerdo que en el último recreo me lo encontré en el baño. Se mojó el cabello y se lo peinó con la mano. Luego se miró en el espejo. De un costado y del otro. Los ojos le brillaban. Aquel rostro luminoso era lo más parecido a la felicidad.
Ya afuera, lo vimos como corría detrás de ella. La alcanzó en la esquina. Se le puso a la par y luego no vimos más nada, cruzaron la calle y se perdieron con el resto de los alumnos.
Ahora entenderán porque dije al principio que se "llamaba" Rafael Mora, porque el tipo que regresó a la escuela al día siguiente, era otro. Nunca pudimos descubrir su nuevo nombre, mucho menos medir el daño ocasionado.
CGM
Septiembre de 2015


AVISOS FÚNEBRES
Cuando empezó a mirar los avisos fúnebres del diario, supo que ya había hecho el recorrido completo. La vida era como una montaña a la que no importaba mucho la altura. Eso sí, una vez alcanzada la cima, la cima biológica, no quedaba otro camino que descender. Y descender era envejecer, enfermarse, empezar a irse, y sobre todo esperar, esperar a que la muerte los viniera a buscar de a uno a los amigos que hacía mucho había dejado de frecuentar pero a los que nunca había olvidado, y algún día, por qué no, venir a buscarlo a él.
El ejercicio de comenzar a leer el diario siempre por la parte de atrás, lo cumplió con constancia durante años. Así fue viendo desfilar a todos ellos en las necrológicas, y cuando sacó la cuenta, advirtió que era el ultimo. Le dolió en el alma. Pensó que cuando le tocara, ocuparía un espacio en el diario que nadie leería, y que por lo tanto, nadie lamentaría, ni lloraría, como a veces había llorado él por los demás. Fue así que un día dejó de lado la costumbre. Le pidió al diarero que no le llevara más el periódico a la casa.
A partir de ahora, sólo dedicaría el tiempo a esperar la silenciosa y anónima muerte.
CGM
Enero 2016

NOCHE BUENA
Aturdido, Silvio Puentes levantó el vaso de sidra lo más alto que pudo. El pulso le temblaba más del parkinson que de la emoción, pero de milagro no se derramó ni una sola gota.
De a poco fueron llegando los invitados, los padres, los hermanos, el tío Edgardo, la tía Evangelina...todos. ¿Quien dijo que los milagros no existían? Por lo menos aquella noche buena, sí.
Y también de poco se fueron agregando los otros, su esposa, Mary, sus hijos, sus nietos. El tiempo que siempre había sido una barrera, un límite infranqueable, ahora se había convertido en un puente que conducía a la felicidad más genuina. ¡Estaban todos reunidos! Sería la primera noche buena navidad en la que brindis no se empañaría por el triste recuerdo de algún muerto de la familia.
Después de todo, no había sido tan difícil, había bastado con cerrar los ojos y desear, desear brutalmente que vinieran. Y ahí estaban, de nuevo, apiñados en torno a la vieja mesa.
Fue chocando las copas con cada uno de ellos, al tiempo que el enorme caserón se llenó de voces familiares, canciones navideñas.
Antes de que abriera los ojos  y la mesa se despoblara de nuevo, de que apagara las luces del humilde arbolito de navidad, que dejaran de sonar en la calle los cohetes y los fuegos artificiales, mucho antes de que su achacado cuerpo se hundiera otra vez en el frío y duro colchón de la cama, los perdonó a todos. A los muertos, por haber partido antes de tiempo y a los vivos, por la ausencia. Y sobre todo, pidió perdón por él, quizá justo merecedor de esa rotunda soledad.
CGM
Navidad 2015

LA TARIMA


Soñaba a lo grande. ¿Quién no hace eso a los 9 años?
No importaba qué, cualquier cosa era preferible al anonimato. ¿Un famoso cantante? Sí, también  soñaba con eso. 
La maestra de música tomó la prueba para entrar al coro de la escuela un día martes. No sé por qué, pero me tenía fe de ser elegido. Me acuerdo que fueron pasando de a uno, por orden alfabético, una chica y un chico. Miranda estaba pasando la mitad de la lista, así que tuve que esperar bastante. El tiempo no se pasaba más. Traspiraba de los nervios.
El examen era a capela, la señorita empezaba con la primera estrofa de la canción y nosotros debíamos seguir con la siguiente y así continuar entonando cerca de sus oídos, hasta que ella tomara una decisión.
La profesora no parecía estar en un mal día, por los menos eran más los que aprobaban que los que no. Los primeros se iban ubicando en la tarima, una especie de tribuna con escalones de madera recién encerados, futuro lugar donde brillaría el coro a punto de formarse. Los otros, regresan vencidos a sus tristes bancos.  
Cuando me tocó el turno, la señorita moduló con una gran entonación (su voz se parecía a la de un ángel): “Juana Azurduy...” y me dejó la pelota picando, servidita en bandeja. Yo arremetí sin complejos, quizá, lo admito, un poco alto: "Flor del alto Perú, no hay otro capitán más valiente que tu…", y ahí nomás me cortó, hizo una especie de stop con la mano. Se puso súbitamente seria. Un gesto de malestar le ensombreció el rostro, como si le hubiera agarrado dolor de estómago o de muelas.  
De haberme dado la opción, yo hubiera seguido mi canto más allá del Alto Perú, hubiera llegado a Colombia, cruzado el Caribe y llegar a la mismísima Cuba. 
Ya dije que extrañamente me tenía fe. O no tan extrañamente, la señorita era conocida de mi madre, también docente en la misma escuela, pero en el turno tarde.
Luego de esa pausa interminable, marcada por un silencio que presagiaba algo malo, me acarició suavemente el pelo y dijo que era un chico muy bueno y que le mandara saludos a mi madre, que la felicitaba por tener un hijo así.
Más que el rechazo en sí, me molestó que hubiera omitido el NO, por lo visto un No más grande que una casa, que no dijera que era muy malo cantando y que no podía aceptarme en el coro, por más amistad que tuviera con mi madre.  
Acababa de descubrir que en ocasiones, la verdad duele demasiado y es mejor callarla, o disfrazarla. Al parecer esa era una ley entre la gente grande, y yo acaba de padecerla.  
Me acuerdo que la prueba siguió, que los afortunados elegidos subían, no paraban de subir a la gloriosa e inalcanzable tarima, mientras yo, cabizbajo, regresaba a mi banco de la última fila, a descender lentamente en el oscuro mundo de los adultos.
CGM
Mayo 2015




AQUEL SECRETO CON MI PADRE (publicado en el diario Clarín, en junio de 2015)
PARA LEERLO, HACE UN CLICK ACÁ

LOS EXTREMOS QUE SE TOCAN
La adolescente lloraba desconsolada en el banco de una plaza. Transcurrían los últimos días del invierno y un sol generoso regaba de luz cada rincón de la ciudad.
En eso pasó una anciana por el lugar. Caminaba a duras penas, con la ayuda de un bastón. A ver a la joven tan mal, decidió sentarse en el mismo banco, pero en la punta opuesta. De a poco se le fue acercando, parecía un gato a punto de cazar un gorrión, hasta que quedaron pegadas. Los extremos de la vida ahora se tocaban. La chica la miró. La anciana le preguntó:
—Hija...hijita mía, ¿por qué estás llorando?
La muchacha al principio se mostró reticente, pero ante la amable insistencia de la anciana, le contó todo. Su novio, su primer amor, la había abandonado, por una amiga.
Entonces la mujer mayor la abrazó muy fuerte. Estuvieron así, agarrados, varios minutos. No hubo necesidad de decirse nada. El dolor no sabe de palabras, sólo entiende el lenguaje de los gestos, del calor de los cuerpos. 
Y esa misma noche, en sus camas, los extremos de la vida volvieron a tocarse: La chica se dijo: “Qué buena la anciana esa, pobrecita, tan viejita...que cerca está de la muerte”.
La anciana a su vez pensó: “Pobre angelito…pensar que recién empieza a sufrir y encima la vida es tan larga...” 
Fue así que ambas se durmieron, con el mismo sentimiento: La lástima ajena.
CGM
Noviembre 2015




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