martes, 4 de febrero de 2020

TATY ALMEIDA PRESENTA MI NOVELA MÁLAGA - EDICIONES COLIHUE.

Novela inspirada en hechos históricos, la desaparición de 31 estudiantes  durante la última dictadura militar, conocida como la división perdida de la escuela normal de Banfield (ENAM). Ediciones Colihue. 




miércoles, 25 de diciembre de 2019

Novela Málaga - Claudio Miranda- Ediciones Colihue - Presentación de Fernando Borroni en CABA - 03/12/2019





EL BOCHAZO

Recibí tiempo atrás: 
"Hola,
​Soy María, profesora de castellano en Francia y ando buscando al autor del cuento Imborrable. ​¿​Sos vos? Quisiera reproducir un fragmento en un manual de español para extranjeros y necesito conseguir el permiso.
Ojalá me contestes y me puedas dar una mano."

Le dí la mano y le respondí que sí, que no había problemas.
Ella me volvió a escribir a la semana:
"Gracias Claudio. Mi coautora me bochó el cuento porque le pareció nostálgico y triste. A mí me encanta.
Otra vez será.
Saludos".
No me preocupé. Lo de nostálgico y triste me pareció un elogio. Igual y entre nosotros, yo también me lo hubiera bochado. Claro, por supuesto, otra vez será.

Leer Imborrable

viernes, 18 de octubre de 2019

EL PELIGROSO OFICIO DE SER LECTOR

Estas líneas que en su pretensión original apuntaban a una crónica, inevitablemente se van a transformar en una crónica ficcionada, porque no ha sobrevivido nada de aquel lamentable incidente. Al menos yo no encontré ni una mínima referencia, hecho que demuestra con todas las letras la preferencia de internet por lo banal en desmedro de lo trascendente. De Julio Cortázar diré que en mi juventud fue mi mas admirado escritor y que hoy apenas le reconozco, nada mas ni nada menos, 10 cuentos memorables, el personaje de la Maga de Rayuela y la traducción de los cuentos completos de Poe. Los Cronopios no me agradan, y del resto de los relatos no me van ni me vienen, solo se sostienen por la firma de un tal Cortazar, autor de eso 10 cuentos memorables.
De tipo que viajaba en subte llevando debajo del brazo, o leyendo, un libro de Cortázar, conozco muy poco. Ya dije, en internet no hay nada y mi memoria es frágil. Apenas que era joven, bastante joven. Del hecho, que tuvo lugar a finales de los ochenta, o principios de los noventa. Después, desconozco en que linea de subterraneos ocurrió el ataque, ni el horario del mismo. Tampoco la estación en la que subieron los Skinheads. Si al tipo que llevaba el libro de Cortázar debajo del brazo o lo iba leyendo (¿Que Libro? ¿Bestiario? ¿Deshoras? La verdad, tampoco lo sé) lo ficharon de entrada o luego de un puntilloso paneo a lo largo del vagón. Creo recordar que fue un fin de semana y no había muchos pasajeros, pero no estoy seguro.
Tal vez le preguntaron de manera amenazante, a ver vos, puto, mostráme que lees, ah mira, el puto ademas es comunista, lee a Cortázar. Imagino que lo rodearon. Y ademas de puto y comunista, seguro que la patota le debe haber espetado sucio judío. Comunista y judío de mierda. Imagino también el desbande de los pasajeros, la primera trompada llovida de arriba hacia abajo, reforzada con una implacable manopla de hierro, que le abrió la ceja y un río de sangre, y los otros manoplazos con la misma fuerza y precisión que le desfiguraron el rostro. Y las patadas de los borcegos con punta de acero, cuando ya tendido en el suelo, el lector no sentía nada. 

La noticia buena de todo este desastre es que lector después de varios días de hospital, logró sobrevivir.
Los libros son peligrosos. Siempre lo fueron. Por eso no olvidemos a este valiente lector que arriesgó su vida por un libro. Donde quiera que este, si es que 30 años después está en algún lado, le envió un caluroso abrazo.

viernes, 16 de agosto de 2019

EL ESCRITOR DEL MES



GERMÁN ROZENMACHER




 
"Ojalá que dentro de muchos años, cuando ni usted ni yo estemos, alguien, aunque sea una sola persona, se acuerde de un cuento, de alguna frase, o aunque sea de un adjetivo de esos pocos felices que a uno le salen a veces, muy pocos en la vida. Y entonces que el lector diga, "esto está vivo todavía". Si  pasa eso, yo, desde el purgatorio, voy  guiñar este ojo miope, bastante agradecido". German Rozenmacher (1936-1971).

Soy de los que piensa que todas la muertes son absurdas, incomprensibles. A mi amigo Rolo hay dos cosas del mundo que le molestan sobremanera. La vida y la muerte. La vida, cuando se vuelve tan injusta que nada ni nadie la puede justificar. Y la muerte, porque dice que una vida por más miserable que sea, por más mezquina y enferma que se vuelve, siempre merece otra oportunidad.
Reconozco que hasta esa tarde no había oído hablar de Rozenmacher, situación grave para alguien que se vanagloriaba de ser un gran lector (hoy ya no me vanaglorio de nada). En ese sentido el Rolo ejerció una actitud docente hacia mi. Hay que admitirlo: a pesar de la forma vulgar de hablar que tenía, era muy culto y sobre todo había leído a todos los grandes escritores, por lo menos sabía anécdotas de ellos que nadie conocía.
No se puede creer, tenía 35 años. Hubiera sido un nuevo Roberto Arlt, me dijo aquella noche, en un bar frío y solitario del centro de Banfield, a 50 metros de las vías del ferrocarril, que tiraron abajo en la década del 90. Estaba conmovido, era justo el aniversario de su muerte y admiraba profundamente su obra.
—¿Quién? —deletreámelo por favor.
—Ro-zen-ma-cher, Germám— dijo con cierta molestia
—¿Con Z ?
—Sí, con Z
Admití que no lo conocía. Otro en su lugar se hubiera ofendido por la ignorancia, sin embargo conservó su actitud sabia. Me contó la historia de ese final. El día, el 6 de agosto de 1971, la fecha de su muerte—empezó diciendo—, el diablo metió la cola si es verdad que el diablo existe y además tiene cola. Un día como hoy, el mismo que tiraron la bomba de Hiroshima, sólo que 26 años después, agregó, como si esa muerte fuera tan devastadora como el desastre mayúsculo provocado por la “Little boy”. Yo estaba ansioso por escuchar esa historia pero él necesitaba tiempo. Pidió un café y se quedó mirando a través de la ventana unos minutos. Sé que no miraba nada, pensaba, acaso intentaba encontrar una explicación a esa historia. Yo para matar el tiempo hice lo mismo que él: miré la calle oscura. No pasaba un alma.
Parece que el primer sorbo de café le dio ánimo para empezar el relato. Un amigo le prestó un departamento en Mar del Plata para que vaya a pasar unos días con la esposa y sus dos hijos, el más chico casi un bebe. No me preguntes por qué, pero yo tengo la idea de que todo ocurrió cerca de la Plaza Colón. A veces, cuando he pasado por ahí levanté la vista y miré los balcones. Traté de adivinar en cual de todos esos edificios ocurrieron los hechos. Pero no me tomes en serio porque esa es solo una especulación de mi parte.
-¿Dónde leíste la historia que me estás contando ?—lo interrumpí.
-No la leí. La sé de primera mano, ¿por?—me respondió tajante, cosa que me quedara en claro que no estaba dispuesto a admitir más interrupciones de mi parte para preguntar pavadas.
Llegaron al departamento con ganas de dormir, era de noche, pero el bebé, se empezó a sentir mal. A todo esto ya habían encendido las hornallas de la cocina, viste como es Mar del Plata en invierno, un cagadero de frío infernal. Pero no sospecharon nada, su esposa, su otro hijo y él estaban lo más bien. Lo más prudente era llevar entonces al chico al ….en ese momento el ruido de una locomotora tapó la voz de mi amigo, y yo no pude escuchar si fueron al hospital o a una clínica. Como no venía la caso, no le pregunté nada. Lo cierto es que se fueron los cuatro, el bebé tenía un color raro y su respiración no era buena. Entraron por la guardia y le hicieron todos los estudios. No le encontraron nada. Ahora respiraba mejor y el color era normal, se le habían ido los síntomas. El médico, por precaución, les propuso dejar al bebé en observación toda la noche y ellos aceptaron enseguida. Era una medida adecuada. El matrimonio deliberó un rato. Tenía que quedarse uno de los dos. No sabían lo que estaba en juego en ese momento. Tomaron la decisión. La esposa se quedó en el establecimiento y él se volvió al departamento con su hijo mayor. Allí, seguía el diablo agazapado, esperando una nueva oportunidad. No la desaprovechó. Quedaron en regresar a las 9 de la mañana del otro día. Sin embargo no aparecieron. Lo que paso después es producto de la investigación policial. Esa noche cuando regresaron, volvieron a encender las hornallas. Lo que no me acuerdo bien es si se fueron a dormir o la muerte los alcanzó antes. Lo cierto es que el escape de gas o de monóxido de carbono, no perdonó. Se los llevó a los dos.
Sobre el bar enteró aterrizó un mortal silencio. Después de un largo rato, mi amigo reaccionó:
-Es así nomás. Un día te viene a buscar y no hay con que darle.
Más tarde encendió un cigarrillo y se levantó. Tenía más impotencia que enojo. Nos vemos mañana, si es que el diablo no mete la cola antes, fue lo último que dijo aquella destemplada noche.

lunes, 18 de marzo de 2019

AL UNÍSONO (2° PREMIO FUNDACIÓN VICTORIA OCAMPO - 2016)

"Paco de Lucía, el excelente guitarrista muerto prematuramente, es el eje transversal del cuento  "Al Unísono" de Claudio Gustavo Miranda, 
La inesperada revelación final que sorprende a los protagonistas y al lector es el ejemplo prefecto del cuento clásico que le hubiera gustado a Borges Conciso, sin desbordes y además, muy bien escrito".
María Esther Vázquez (Escritora - Asistente de Borges)

AL UNÍSONO
No tengo dudas. El mundo está lleno de gente improvisada, tipos que largan al viento la primera pavada que escuchan por ahí, sin tomarse siquiera el trabajo de chequear la fuente.  
Un ejemplo de lo que digo es mi amigo Ricardo Lentini. Resulta que viene un día y me comenta que un amigo común, Paco Benavente, se había muerto un par de meses atrás, a causa de una enfermedad. No sabía cuál. A él se lo habían contado en el club.          
Hasta ahí todo bien, bueno, no…en realidad, todo espantoso, horrible; la muerte de Paco, un amigo entrañable de la juventud, significaba para mí una pérdida invalorable. Lo que quiero significar es que, hasta ese punto, las cosas eran dolorosas pero verosímiles. En todo caso, el prematuro final de Paco formaba parte de las reglas del juego: Antes o después, la gente se termina muriendo.  
Lo inconcebible del asunto llegó un año después, cuando me encuentro con el supuesto finado caminando lo más campante por Avenida de Mayo, a la altura de Chacabuco, en pleno centro de Buenos Aires.   
Al verlo me quedé duró de la impresión. Él, en cambio, eufórico, vino a abrazarme.         
Recuerdo que aún en los brazos del que debía ser un cadáver, me juré condenar para siempre a Lentini en la lista negra de los charlatanes.     
Pasada la conmoción inicial, me puse felicísimo. Era como si delante de mis ojos se hubiera producido el milagro de la resurrección.        
Enseguida nos pusimos a hurgar en los recuerdos, algo borrosos al principio, pero que con el correr de los minutos fueron cobrando una vigencia pasmosa.    
No, no se llamaba Francisco, su nombre era Leandro, pero con los muchachos de entonces lo habíamos bautizado Paco, por el famoso músico español, Paco de Lucía.
Pobre, el gran maestro sí que había pasado a mejor vida, en Playa del Carmen, México, un mes atrás. Una verdadera desgracia.
Benavente tocaba la guitarra española como los dioses, era dueño de una técnica y una rapidez asombrosa. Además le imprimía a su música una onda flamenca que hacía recordar al guitarrista andaluz. Incluso hasta lo imitaba en su forma de vestir y de peinarse.         
Nunca le perdonamos en el barrio no haberse dedicado de lleno a la música, existía el convencimiento unánime de que hubiera llegado lejos, jugando en las ligas mayores de las guitarras, pero siempre minimizó esa posibilidad, se tiraba para abajo, decía que era un guitarrista del montón.
 —Paco, decime una cosa, ¿seguis tocando la viola?—fue una de las primeras preguntas que le hice.
—¿La viola? No, querido, ya no—se lamentó—. Hace años que la tengo arrumbada en el armario de mi cuarto. Calculo que la humedad la debe haber hecho pedazos.        
En un momento dado de la amena charla le propuse seguirla en algún café, si algo sobraban en la Avenida de Mayo eran justamente eso, bares y cafés, y si algo nos sobraban a nosotros, eran recuerdos. Además estábamos incómodos, a esa hora de la tarde la calle hervía y obstaculizábamos el paso, le gente, molesta, no paraba de pedirnos permiso. Nos movíamos para un lado y enseguida para el otro, y así todo el tiempo, como si estuviéramos ensayando los pasos de un insólito baile.
Con pesar, rechazó mi invitación. No le daban los tiempos, tenía que terminar un trámite no sé dónde. A cambio de eso, tomó nota del número de mi celular. Me prometió llamarme pronto para vernos algún día. Sin embargo, no se fue. Siguió hablando, ahora de vaguedades, cosas que sólo él recordaba.        
Mientras tanto, yo me debatía en el gran dilema. ¿Qué hago? ¿Le digo o no le digo? Algo me impulsaba a contarle la estupidez esa de Lentini, pero enseguida un stop, como un enorme semáforo en rojo se encendía y me hacía detener.
Evalué tres reacciones posibles de Paco: la primera, que no le diera importancia a la falsa noticia, incluso que se lo tomara en broma; dos, que le cayera mal y se quedara impresionado; por último, que se pusiera contento, por el viejo dicho aquel: “cuando alguien te mata antes, en realidad te está alargando la vida”.  
Y Paco que seguía amenazando con irse, pero no eran más que puros amagues, a último momento terminaba inventando una historia nueva para quedarse un rato más. En cierto modo, daba la sensación de que él también quería contarme algo y no se animaba.
En un momento dado se refirió con pesar al triste final de su ídolo.
 —Qué tremendo, viejo. El otro día se nos fue el gran Paco de Lucía—dijo con los ojos brillosos—. La música, qué digo la música, el arte entero está de luto. ¡Cómo admiraba al tipo ese! ¿Vos te acordás la vez que fuimos a verlo al Luna Park?
Le respondí que sí, que de aquel recital no iba a olvidarme por el resto de mi vida.    
—¿Y de Lentini? ¿No sabes nada?—cambió inesperadamente de tema.  
La pregunta me tomó desprevenido. Descolocado, no supe qué responder.  
Pero Paco insistió y entonces no me quedó más remedio que contarle la verdad:  
—Mira, Paco, te tengo que comentar algo, espero que no lo tomes a mal. A Lentini me lo crucé la primavera pasada y me dijo que te habías muerto, de una enfermedad. Sí, lo que escuchaste, muerto, fallecido, fiambre…Cómo quieras llamarlo. A él se lo había dicho un amigo, no sé bien quién. Que querés que te diga, dos boludos más grandes que una casa. Al final no hay con qué darle, la gente habla porque es gratis.         
Paco abrió unos ojos enormes y empalideció. De todas las posibles reacciones que había evaluado, por lejos se había impuesto la número dos.  Luego de largos segundos en los que no deseé otra cosa que me tragara la tierra, reaccionó y logró preguntarme:  
—Che, ¿En serio que te dijo eso?
Estaba a punto de hacerle una broma para aflojar un poco la tensión, cuando se me adelantó, de nuevo con una voz débil:  
—No me vas a creer, pero me dijeron lo mismo de vos. ¿Te acordás de Castiglioni? Me lo contó en mayo pasado. Dijo que fue en un accidente de tránsito. ¿Qué casualidad, no?
—Me estás jodiendo… 
—Te lo juro. Es raro que vos y yo…que justo a los dos…—y Paco no pudo terminar la frase, se quedó con la vista perdida en algún punto de la vereda de enfrente.   
 —Sí, los dos…qué casualidad, ¿no?—alcancé a decir y en ese momento me di cuenta que se me habían aflojado las piernas.
Hasta donde recuerdo, esas fueron las últimas palabras que pronunciamos.
Después nos quedamos paralizados, mirándonos a los ojos, como si hubiéramos
salido de un sueño, o entrado a uno. Una inesperada niebla empezó a bajar del
cielo. La ciudad se fue  desdibujando y un silencio raro se apoderó del aire. La palabra permiso ya no volvió a sonar. Los peatones ahora caminaban sin obstáculos. Todo se fue borroneando, y algo empezó a moverse, no sé si era la ciudad o nosotros, o los dos, pero en sentido contrario. Lo cierto es que de a poco íbamos quedando más lejos de todo. Y de pronto, del gentío oscuro y distante, emergió una figura luminosa, que con musicalidad empezó a caminar en dirección nuestra. Cuando lo tuve cerca, comprobé que el tipo era igualito a Paco… ma que igualito, ¡era el verdadero Paco de Lucía! Traía una hermosa guitarra.
Al pasar frente a nosotros, el maestro nos dijo con una sonrisa en los labios:  
—Hola, muchachos, ¿cómo andan? Que alegría verlos por acá.  
Los dos, al unísono, levantamos lastimosamente una mano, a modo de saludo.  
CGM
Agosto 2015



lunes, 21 de enero de 2019

EL DÍA QUE MATÉ A DIOS

Diez y nueve años recién cumplidos. Venia mal, pésimo. No me había recuperado de las desapariciones de mis amigos del secundario, chupados por una patota del ejercito durante la última dictadura militar. Encima no sabia que hacer con mi vida y para colmo de males, me había abandonado una novia a la que quería mucho. Me dijo que me dejaba porque estaba confundida, lo que traducido al español significaba que se iba con otro otro tipo. Mi madre me veía tan tirado que me mandó al psiquiatra, pero el doc no daba pie con bola, un poco por mi, por mi silencio en lugar de palabras y otro poco por él, por su exceso de pacientes que lo hacían dormirse en plena sesión.
Un jueves, a la salida del psicoanalista dormilón, pensé en quitarme la vida. Entonces las imágenes de las vías del ferrocarril Roca se me dibujaron en el aire. Allí estaban, delante de mis ojos, esperándome. Era el cruce de la calle Cabrera con Godoy Cruz. Se ve que el instinto de conservación me llevó a pensar en otra posibilidad. Un manotazo de ahogado: La iglesia a la que había dejado de concurrir desde los quince. Hablar con un cura, darme el alivio que necesitaba para seguir adelante. 

Entré a la parroquia del Sagrado Corazón de Banfield cerca de las 4 de la tarde. Había dos personas adelante mio en el confesionario. Hice la cola. Cuando llegó mi turno el sacerdote, un tipo de mediana edad, pasado en kilos, me cerró la puerta en mi propias narices. Por hoy terminamos, dijo. Es algo urgente, padre, supliqué. Por hoy terminamos, repitió. Vuelva mañana, hermano.
Salí del templo aguantándome las lágrimas. Pero no fui al paso de la calle Cabrera-Godoy Cruz. Ya no había necesidad de seguir derramando sangre. Aquella tarde con un muerto bastaba y sobraba. Adentro mío acababa de matar a Dios. Para siempre.
(De mi biografía, porque todos, escrita o no, tenemos una.)

Parroquia del Sagrado Corazón de Banfield

lunes, 15 de octubre de 2018

RAYMOND CHANDLER Y UNA PREGUNTA INSIDIOSA

¿Qué hace usted consigo mismo días tras días? 

Esa fue la pregunta insidiosa que recibió el escritor Raymond Chandler de parte del corresponsal del New Liberty Magazine, Alex Barris. El maestro Chandler que acaba de cumplir 61 años y que ya hacía como diez que había parido a su inolvidable personaje de Philip Marlowe, le contestó a través de una carta, el 8 de marzo de 1949, con una respuesta tan brillante como contundente:  


"Escribo cuando puedo y no escribo cuando no puedo; siempre por la mañana o en la primera parte del día. De noche se le ocurren a uno ideas brillantes, pero no son duraderas. Esto lo descubrí hace mucho tiempo. Le debe resultar bastante obvio a usted que yo mismo manejo la máquina de escribir. Cuando se tiene que consumir la propia energía para registrar palabras, es más fácil que uno la haga valer. Eso sí, aguardo la inspiración, aunque no la llame necesariamente con ese nombre".      

martes, 3 de julio de 2018

CARVEN-FORD / FORD-CARVEN: UNA AMISTAD ENTRAÑABLE


Richard Ford, por su paso por la feria del libro de Buenos Aires de este año, se refirió a la amistad que lo unía a Raymond Carver:  

"Las amistades literarias suelen ser volátiles pero la mía con Raymond Carver no lo fue. Fuimos maravillosos amigos. Nos conocimos en 1977 y nos hicimos íntimos. Me enamoré de él. Era generoso y gracioso y atractivo. Él estaba dejando el alcohol. No estaba bebiendo, pero había dejado hacía poco. Y tenía que escapar de su ambiente de bebedores, de sus amigos y de su esposa. Me conoció y yo estaba como ahora, vestido como un chico de la fraternidad, tenía una esposa, una casa, no tenía hijos que odiaba y creo que vio algo que quería ser. Era una vida distinta a la suya. Se mudó a mi casa y lo cuidé un tiempo. No necesitaba tanto cuidado: necesitaba colaboración. Leía mis cosas y me decía que le gustaban, aunque no creo que fuese verdad. Nos entendíamos. Los dos éramos de la misma parte del país, de familias parecidas: teníamos modos de ver la vida comunes. Después conoció a Tess, la poeta, su esposa y ella dominó su vida: lo amaba. Hicieron una vida juntos. Hace 30 años que está muerto y lo extraño. Me alegro de que en Argentina se lo recuerde. Me enteré de que vino a Rosario, por ejemplo. No se habla mucho de él en el mundo o en Estados Unidos."