viernes, 18 de octubre de 2019

EL PELIGROSO OFICIO DE SER LECTOR

Estas líneas que en su pretensión original apuntaban a una crónica, inevitablemente se van a transformar en una crónica ficcionada, porque no ha sobrevivido nada de aquel lamentable incidente. Al menos yo no encontré ni una mínima referencia, hecho que demuestra con todas las letras la preferencia de internet por lo banal en desmedro de lo trascendente. De Julio Cortázar diré que en mi juventud fue mi mas admirado escritor y que hoy apenas le reconozco, nada mas ni nada menos, 10 cuentos memorables, el personaje de la Maga de Rayuela y la traducción de los cuentos completos de Poe. Los Cronopios no me agradan, y del resto de los relatos no me van ni me vienen, solo se sostienen por la firma de un tal Cortazar, autor de eso 10 cuentos memorables.
De tipo que viajaba en subte llevando debajo del brazo, o leyendo, un libro de Cortázar, conozco muy poco. Ya dije, en internet no hay nada y mi memoria es frágil. Apenas que era joven, bastante joven. Del hecho, que tuvo lugar a finales de los ochenta, o principios de los noventa. Después, desconozco en que linea de subterraneos ocurrió el ataque, ni el horario del mismo. Tampoco la estación en la que subieron los Skinheads. Si al tipo que llevaba el libro de Cortázar debajo del brazo o lo iba leyendo (¿Que Libro? ¿Bestiario? ¿Deshoras? La verdad, tampoco lo sé) lo ficharon de entrada o luego de un puntilloso paneo a lo largo del vagón. Creo recordar que fue un fin de semana y no había muchos pasajeros, pero no estoy seguro.
Tal vez le preguntaron de manera amenazante, a ver vos, puto, mostráme que lees, ah mira, el puto ademas es comunista, lee a Cortázar. Imagino que lo rodearon. Y ademas de puto y comunista, seguro que la patota le debe haber espetado sucio judío. Comunista y judío de mierda. Imagino también el desbande de los pasajeros, la primera trompada llovida de arriba hacia abajo, reforzada con una implacable manopla de hierro, que le abrió la ceja y un río de sangre, y los otros manoplazos con la misma fuerza y precisión que le desfiguraron el rostro. Y las patadas de los borcegos con punta de acero, cuando ya tendido en el suelo, el lector no sentía nada. 

La noticia buena de todo este desastre es que lector después de varios días de hospital, logró sobrevivir.
Los libros son peligrosos. Siempre lo fueron. Por eso no olvidemos a este valiente lector que arriesgó su vida por un libro. Donde quiera que este, si es que 30 años después está en algún lado, le envió un caluroso abrazo.

viernes, 16 de agosto de 2019

EL ESCRITOR DEL MES



GERMÁN ROZENMACHER




 
"Ojalá que dentro de muchos años, cuando ni usted ni yo estemos, alguien, aunque sea una sola persona, se acuerde de un cuento, de alguna frase, o aunque sea de un adjetivo de esos pocos felices que a uno le salen a veces, muy pocos en la vida. Y entonces que el lector diga, "esto está vivo todavía". Si  pasa eso, yo, desde el purgatorio, voy  guiñar este ojo miope, bastante agradecido". German Rozenmacher (1936-1971).

Soy de los que piensa que todas la muertes son absurdas, incomprensibles. A mi amigo Rolo hay dos cosas del mundo que le molestan sobremanera. La vida y la muerte. La vida, cuando se vuelve tan injusta que nada ni nadie la puede justificar. Y la muerte, porque dice que una vida por más miserable que sea, por más mezquina y enferma que se vuelve, siempre merece otra oportunidad.
Reconozco que hasta esa tarde no había oído hablar de Rozenmacher, situación grave para alguien que se vanagloriaba de ser un gran lector (hoy ya no me vanaglorio de nada). En ese sentido el Rolo ejerció una actitud docente hacia mi. Hay que admitirlo: a pesar de la forma vulgar de hablar que tenía, era muy culto y sobre todo había leído a todos los grandes escritores, por lo menos sabía anécdotas de ellos que nadie conocía.
No se puede creer, tenía 35 años. Hubiera sido un nuevo Roberto Arlt, me dijo aquella noche, en un bar frío y solitario del centro de Banfield que tiraron abajo en la década del 90. Estaba conmovido, era justo el aniversario de su muerte y admiraba profundamente su obra.
—¿Quién? Deletréamelo por favor.
—Ro-zen-ma-cher, Germám— dijo con cierta molestia
—¿Con Z ?
—Sí, con Z
Admití que no lo conocía. Otro en su lugar se hubiera ofendido por la ignorancia, sin embargo conservó su actitud sabia. Me contó la historia de ese final. El día, el 6 de agosto de 1971, el día de su muerte—empezó diciendo—, el diablo metió la cola si es verdad que el diablo existe y además tiene cola. Un día como hoy, el mismo día que tiraron la bomba de Hiroshima, sólo que 26 años después, dijo como si esa muerte fuera tan devastadora como el desastre mayúsculo provocado por la “Little boy”. Yo estaba ansioso por escuchar esa historia pero él necesitaba tiempo. Pidió un café y se quedó mirando a través de la ventana unos minutos. Yo sé que no miraba nada, pensaba, acaso intentaba encontrar una explicación a esa historia. Yo para matar el tiempo hice lo mismo que él: miré la calle oscura. No pasaba un alma.
Parece que el primer sorbo de café le dio ánimo para empezar el relato. Un amigo le prestó un departamento en Mar del Plata para que vaya a pasar unos días con su familia, su esposa y dos hijos, el más chico casi un bebe. No me preguntes por qué, pero yo tengo la idea de que todo ocurrió cerca de la Plaza Colón. A veces, cuando he pasado por ahí levanté la vista y miré los balcones. Traté de adivinar en cual de todos esos edificios ocurrieron los hechos. Pero no me tomes en serio porque esa es solo una especulación de mi parte.
-¿Dónde leíste la historia que me estás contando ?—lo interrumpí.
-No la leí. La sé de primera mano, ¿por?—me respondió tajante, cosa que no me quedaran ganas de seguir preguntando.
Llegaron al depto cansados y con ganas de dormir, era de noche, pero el bebé, se empezó a sentir mal. A todo esto ya habían abierto las hornallas de la cocina, viste como es Mar del Plata en invierno, un cagadero de frío total. Pero no sospecharon nada, su esposa, su otro hijo y él estaban lo más bien. Lo más prudente era llevar entonces al chico al ….en ese momento el ruido de una locomotora tapó la voz de mi amigo, y yo no pude escuchar si fueron al hospital o a una clínica. Como no venía la caso, no le pregunté nada. Lo cierto es que se fueron los cuatro, el bebé tenía un color raro y su respiración no era buena. Entraron por la guardia y le hicieron todos los estudios. No le encontraron nada. Ahora respiraba mejor y el color era normal, se le habían ido los síntomas. El médico, por precaución, les propuso dejar al bebé en observación toda la noche y ellos aceptaron enseguida. Era una medida adecuada. El matrimonio deliberó un rato. Tenía que quedarse uno de los dos. No sabían que lo que estaba en juego en ese momento. Tomaron la decisión. La esposa se quedó en el establecimiento y él se volvió al departamento con su hijo mayor. Allí, seguía el diablo agazapado, esperando una nueva oportunidad. No la desaprovechó. Quedaron en regresar a las 9 de la mañana del otro día. Sin embargo no aparecieron. Lo que paso después es producto de la investigación policial. Esa noche cuando regresaron habían encendido las hornallas de nuevo. Lo que no me acuerdo bien es si se fueron a dormir o la muerte los alcanzó antes. Lo cierto es que el escape de gas no perdonó. Se los llevó a los dos.
Sobre el bar enteró aterrizó un mortal silencio. Después de un largo rato, mi amigo reaccionó:
-Es así nomás. Un día te viene a buscar y no hay con que darle.
Más tarde encendió un cigarrillo y se levantó. Tenía más impotencia que enojo. Nos vemos mañana, si es que el diablo no mete la cola antes, fue lo último que dijo su voz esa destemplada noche.




lunes, 1 de abril de 2019

MÁLAGA ES BUENOS AIRES ( LA DIVISIÓN PÉRDIDA DEL COLEGIO SECUNDARIO ENAM DE BANFIELD)

Málaga no es España. Málaga es Buenos Aires, Argentina, un bar de mala muerte situado en la avenida de Mayo, en pleno centro porteño, donde dos ex compañeros del colegio secundario, Ricardo Ramos y Silvio Fuentes, se reúnen un sábado a la noche. Desde allí partirán a una supuesta reunión de egresados que a lo largo de los años nunca pudo concretarse.
Ambos, además, comparten una promesa que se hicieron el día de su fiesta de graduación, cuarenta años atrás: vengar a sus compañeros desaparecidos por la dictadura militar. Ricardo y Silvio salen a la calle rumbo a la esperada cita, teniendo la certeza de que están a punto de emprender un largo viaje por aquel oscuro pasado, hoy habitado por fantasmas y quizá, todavía, por los cómplices civiles sobre quienes han jurado tomar revancha.

(Novela basada en las desapariciones de 31 alumnos secundarios del Colegio Secundario ENAM de Banfield (La División Pérdida) ocurrida durante la última dictadura militar, y en la complicidad y colaboración de las autoridades de la escuela en las mismas) 

Podrán adquirir la novela Málaga en cualquier librería de España, o en:  

o
MÁLAGA AMAZON (EN ARGENTINA Y EL RESTO DEL MUNDO)

lunes, 18 de marzo de 2019

AL UNÍSONO (2° PREMIO FUNDACIÓN VICTORIA OCAMPO - 2016)

"Paco de Lucía, el excelente guitarrista muerto prematuramente, es el eje transversal del cuento  "Al Unísono" de Claudio Gustavo Miranda, 
La inesperada revelación final que sorprende a los protagonistas y al lector es el ejemplo prefecto del cuento clásico que le hubiera gustado a Borges Conciso, sin desbordes y además, muy bien escrito".
María Esther Vázquez (Escritora - Asistente de Borges)

AL UNÍSONO
No tengo dudas. El mundo está lleno de gente improvisada, tipos que largan al viento la primera pavada que escuchan por ahí, sin tomarse siquiera el trabajo de chequear la fuente.  
Un ejemplo de lo que digo es mi amigo Ricardo Lentini. Resulta que viene un día y me comenta que un amigo común, Paco Benavente, se había muerto un par de meses atrás, a causa de una enfermedad. No sabía cuál. A él se lo habían contado en el club.          
Hasta ahí todo bien, bueno, no…en realidad, todo espantoso, horrible; la muerte de Paco, un amigo entrañable de la juventud, significaba para mí una pérdida invalorable. Lo que quiero significar es que, hasta ese punto, las cosas eran dolorosas pero verosímiles. En todo caso, el prematuro final de Paco formaba parte de las reglas del juego: Antes o después, la gente se termina muriendo.  
Lo inconcebible del asunto llegó un año después, cuando me encuentro con el supuesto finado caminando lo más campante por Avenida de Mayo, a la altura de Chacabuco, en pleno centro de Buenos Aires.   
Al verlo me quedé duró de la impresión. Él, en cambio, eufórico, vino a abrazarme.         
Recuerdo que aún en los brazos del que debía ser un cadáver, me juré condenar para siempre a Lentini en la lista negra de los charlatanes.     
Pasada la conmoción inicial, me puse felicísimo. Era como si delante de mis ojos se hubiera producido el milagro de la resurrección.        
Enseguida nos pusimos a hurgar en los recuerdos, algo borrosos al principio, pero que con el correr de los minutos fueron cobrando una vigencia pasmosa.    
No, no se llamaba Francisco, su nombre era Leandro, pero con los muchachos de entonces lo habíamos bautizado Paco, por el famoso músico español, Paco de Lucía.
Pobre, el gran maestro sí que había pasado a mejor vida, en Playa del Carmen, México, un mes atrás. Una verdadera desgracia.
Benavente tocaba la guitarra española como los dioses, era dueño de una técnica y una rapidez asombrosa. Además le imprimía a su música una onda flamenca que hacía recordar al guitarrista andaluz. Incluso hasta lo imitaba en su forma de vestir y de peinarse.         
Nunca le perdonamos en el barrio no haberse dedicado de lleno a la música, existía el convencimiento unánime de que hubiera llegado lejos, jugando en las ligas mayores de las guitarras, pero siempre minimizó esa posibilidad, se tiraba para abajo, decía que era un guitarrista del montón.
 —Paco, decime una cosa, ¿seguis tocando la viola?—fue una de las primeras preguntas que le hice.
—¿La viola? No, querido, ya no—se lamentó—. Hace años que la tengo arrumbada en el armario de mi cuarto. Calculo que la humedad la debe haber hecho pedazos.        
En un momento dado de la amena charla le propuse seguirla en algún café, si algo sobraban en la Avenida de Mayo eran justamente eso, bares y cafés, y si algo nos sobraban a nosotros, eran recuerdos. Además estábamos incómodos, a esa hora de la tarde la calle hervía y obstaculizábamos el paso, le gente, molesta, no paraba de pedirnos permiso. Nos movíamos para un lado y enseguida para el otro, y así todo el tiempo, como si estuviéramos ensayando los pasos de un insólito baile.
Con pesar, rechazó mi invitación. No le daban los tiempos, tenía que terminar un trámite no sé dónde. A cambio de eso, tomó nota del número de mi celular. Me prometió llamarme pronto para vernos algún día. Sin embargo, no se fue. Siguió hablando, ahora de vaguedades, cosas que sólo él recordaba.        
Mientras tanto, yo me debatía en el gran dilema. ¿Qué hago? ¿Le digo o no le digo? Algo me impulsaba a contarle la estupidez esa de Lentini, pero enseguida un stop, como un enorme semáforo en rojo se encendía y me hacía detener.
Evalué tres reacciones posibles de Paco: la primera, que no le diera importancia a la falsa noticia, incluso que se lo tomara en broma; dos, que le cayera mal y se quedara impresionado; por último, que se pusiera contento, por el viejo dicho aquel: “cuando alguien te mata antes, en realidad te está alargando la vida”.  
Y Paco que seguía amenazando con irse, pero no eran más que puros amagues, a último momento terminaba inventando una historia nueva para quedarse un rato más. En cierto modo, daba la sensación de que él también quería contarme algo y no se animaba.
En un momento dado se refirió con pesar al triste final de su ídolo.
 —Qué tremendo, viejo. El otro día se nos fue el gran Paco de Lucía—dijo con los ojos brillosos—. La música, qué digo la música, el arte entero está de luto. ¡Cómo admiraba al tipo ese! ¿Vos te acordás la vez que fuimos a verlo al Luna Park?
Le respondí que sí, que de aquel recital no iba a olvidarme por el resto de mi vida.    
—¿Y de Lentini? ¿No sabes nada?—cambió inesperadamente de tema.  
La pregunta me tomó desprevenido. Descolocado, no supe qué responder.  
Pero Paco insistió y entonces no me quedó más remedio que contarle la verdad:  
—Mira, Paco, te tengo que comentar algo, espero que no lo tomes a mal. A Lentini me lo crucé la primavera pasada y me dijo que te habías muerto, de una enfermedad. Sí, lo que escuchaste, muerto, fallecido, fiambre…Cómo quieras llamarlo. A él se lo había dicho un amigo, no sé bien quién. Que querés que te diga, dos boludos más grandes que una casa. Al final no hay con qué darle, la gente habla porque es gratis.         
Paco abrió unos ojos enormes y empalideció. De todas las posibles reacciones que había evaluado, por lejos se había impuesto la número dos.  Luego de largos segundos en los que no deseé otra cosa que me tragara la tierra, reaccionó y logró preguntarme:  
—Che, ¿En serio que te dijo eso?
Estaba a punto de hacerle una broma para aflojar un poco la tensión, cuando se me adelantó, de nuevo con una voz débil:  
—No me vas a creer, pero me dijeron lo mismo de vos. ¿Te acordás de Castiglioni? Me lo contó en mayo pasado. Dijo que fue en un accidente de tránsito. ¿Qué casualidad, no?
—Me estás jodiendo… 
—Te lo juro. Es raro que vos y yo…que justo a los dos…—y Paco no pudo terminar la frase, se quedó con la vista perdida en algún punto de la vereda de enfrente.   
 —Sí, los dos…qué casualidad, ¿no?—alcancé a decir y en ese momento me di cuenta que se me habían aflojado las piernas.
Hasta donde recuerdo, esas fueron las últimas palabras que pronunciamos.
Después nos quedamos paralizados, mirándonos a los ojos, como si hubiéramos
salido de un sueño, o entrado a uno. Una inesperada niebla empezó a bajar del
cielo. La ciudad se fue  desdibujando y un silencio raro se apoderó del aire. La palabra permiso ya no volvió a sonar. Los peatones ahora caminaban sin obstáculos. Todo se fue borroneando, y algo empezó a moverse, no sé si era la ciudad o nosotros, o los dos, pero en sentido contrario. Lo cierto es que de a poco íbamos quedando más lejos de todo. Y de pronto, del gentío oscuro y distante, emergió una figura luminosa, que con musicalidad empezó a caminar en dirección nuestra. Cuando lo tuve cerca, comprobé que el tipo era igualito a Paco… ma que igualito, ¡era el verdadero Paco de Lucía! Traía una hermosa guitarra.
Al pasar frente a nosotros, el maestro nos dijo con una sonrisa en los labios:  
—Hola, muchachos, ¿cómo andan? Que alegría verlos por acá.  
Los dos, al unísono, levantamos lastimosamente una mano, a modo de saludo.  
CGM
Agosto 2015



lunes, 21 de enero de 2019

EL DÍA QUE MATÉ A DIOS

Diez y nueve años recién cumplidos. Venia mal. No me había recuperado de las desapariciones de mis amigos del secundario. Encima no sabia que hacer con mi vida y para colmo de males, me había abandonado una novia a la que quería mucho. Me dijo que me dejaba porque estaba confundida, lo que traducido al español significaba que se iba con otro otro tipo. Mi madre me veía tan tirado que me mandó al psiquiatra, pero el doc no daba pie con bola, un poco por mi, por mi silencio en lugar de palabras y otro poco por él, por su exceso de pacientes que lo hacían dormirse en plena sesión.
Un jueves, a la salida del psicoanalista dormilón, pensé en quitarme la vida. Entonces las imágenes de las vías del ferrocarril Roca se me dibujaron en el aire. Allí estaban, delante de mis ojos, esperándome. Era el cruce de la calle Cabrera con Godoy Cruz. Se ve que el instinto de conservación me llevó a pensar en otra posibilidad. Un manotazo de ahogado: La iglesia a la que había dejado de concurrir desde los quince. Hablar con un cura, darme el alivio que necesitaba para seguir adelante. 

Entré a la parroquia del Sagrado Corazón de Banfield cerca de las 4 de la tarde. Había dos personas adelante mio en el confesionario. Hice la cola. Cuando llegó mi turno el sacerdote, un tipo de mediana edad, pasado en kilos, me cerró la puerta en mi propias narices. Por hoy terminamos, dijo. Es algo urgente, padre, supliqué. Por hoy terminamos, repitió. Vuelva mañana, hermano.
Salí del templo aguantándome las lágrimas. Pero no fui al paso de la calle Cabrera-Godoy Cruz. Ya no había necesidad de derramar sangre. Aquella tarde con un muerto bastaba y sobraba. Adentro mío acababa de matar a Dios. Para siempre.
(De mi biografía, porque todos, escrita o no, tenemos una.)

Parroquia de la Sagrada Familia de Banfield - Maipú al 400

lunes, 15 de octubre de 2018

RAYMOND CHANDLER Y UNA PREGUNTA INSIDIOSA

¿Qué hace usted consigo mismo días tras días? 

Esa fue la pregunta insidiosa que recibió el escritor Raymond Chandler de parte del corresponsal del New Liberty Magazine, Alex Barris. El maestro Chandler que acaba de cumplir 61 años y que ya hacía como diez que había parido a su inolvidable personaje de Philip Marlowe, le contestó a través de una carta, el 8 de marzo de 1949, con una respuesta tan brillante como contundente:  


"Escribo cuando puedo y no escribo cuando no puedo; siempre por la mañana o en la primera parte del día. De noche se le ocurren a uno ideas brillantes, pero no son duraderas. Esto lo descubrí hace mucho tiempo. Le debe resultar bastante obvio a usted que yo mismo manejo la máquina de escribir. Cuando se tiene que consumir la propia energía para registrar palabras, es más fácil que uno la haga valer. Eso sí, aguardo la inspiración, aunque no la llame necesariamente con ese nombre".      

martes, 3 de julio de 2018

CARVEN-FORD / FORD-CARVEN: UNA AMISTAD ENTRAÑABLE


Richard Ford, por su paso por la feria del libro de Buenos Aires de este año, se refirió a la amistad que lo unía a Raymond Carver:  

"Las amistades literarias suelen ser volátiles pero la mía con Raymond Carver no lo fue. Fuimos maravillosos amigos. Nos conocimos en 1977 y nos hicimos íntimos. Me enamoré de él. Era generoso y gracioso y atractivo. Él estaba dejando el alcohol. No estaba bebiendo, pero había dejado hacía poco. Y tenía que escapar de su ambiente de bebedores, de sus amigos y de su esposa. Me conoció y yo estaba como ahora, vestido como un chico de la fraternidad, tenía una esposa, una casa, no tenía hijos que odiaba y creo que vio algo que quería ser. Era una vida distinta a la suya. Se mudó a mi casa y lo cuidé un tiempo. No necesitaba tanto cuidado: necesitaba colaboración. Leía mis cosas y me decía que le gustaban, aunque no creo que fuese verdad. Nos entendíamos. Los dos éramos de la misma parte del país, de familias parecidas: teníamos modos de ver la vida comunes. Después conoció a Tess, la poeta, su esposa y ella dominó su vida: lo amaba. Hicieron una vida juntos. Hace 30 años que está muerto y lo extraño. Me alegro de que en Argentina se lo recuerde. Me enteré de que vino a Rosario, por ejemplo. No se habla mucho de él en el mundo o en Estados Unidos."

sábado, 23 de junio de 2018

LA CASA DE LOS SORDOS



Mención de Honor que obtuve en el Concurso de Relatos Revista Crepúsculo(Argentina - 2013 - Jurado: Vicente Batista entre otros) 

PARA LEER LA CASA DE LOS SORDOS HACER CLICK ACÁ


miércoles, 14 de febrero de 2018

¿POR QUÉ DUBLÍN AL SUR?

Había que venirse hasta acá. De algún modo había que llegar. Eso me quedo muy claro desde que lo leí por primera vez, allá por la década de los ochenta, "Dublin al Sur" de Isidoro Blaisten, uno de los libros de cuentos más trascendentes de la literatura Argentina.
Recuerdo que pasada la conmoción inicial de la lectura de Las Tarmas, La Puerta en Dos o del mismísimo "Dublin al Sur" que cierra el libro, entre otras inolvidables historias, me prometí que algún día me iba a venir.
Por algún motivo que aún desconocía, era necesario caminar las mismas calles que alguna vez caminó Esteban Dedales.
Es que otra de las cosas que me había quedado claro de entrada, convicción reafirmada en las posteriores lecturas a lo largo de los años, era que el título del libro no era justamente eso, un simple título puesto de compromiso, robado de uno de los relatos que integraban la edición, sino que algo más profundo se escondía detrás de él. Pero, ¿Qué cosa?
Años antes de su muerte, Isidoro Blaisten contó en un reportaje, el por qué de "Dublin al Sur, confirmando así mis sospechas iniciales.
Desde entonces, llegar hasta acá se transformó en una jodida obsesión que felizmente hoy logré cumplir y que tal vez, en una de esas, me ayudó a comprender todo. O casi todo.
Claudio Miranda
13/09/2017 - Bar Victoria - Av O'Connell - Dublín - Irlanda del Sur.


¿Por qué Dublin al Sur?
"¿Qué tiene de Buenos Aires? Yo le puse el título genérico de un cuento y en ese sentido formo parte de una tradición clásica que suele elegir como un título genérico del libro un cuento que no tiene porque ser el mejor, pero que le da el espíritu general de esos universos cerrados que son los cuentos. Desde Dublineses de Joyce, ese nombre está cargado literalmente. Es algo así como un espacio mítico donde se cruzan el sueño individual del artista con los deseos colectivos.
Yo no conozco esa ciudad. La vi desde las costas de Inglaterra. Pero Dublín representa para mi la sublime terquedad del artista. Es juntos Joyce con Gardel, yo amo a los dos.
Dublín para mi es lo que ahora se llama y no sé por qué, utopía. Prefiero la palabra poética a la que alude Heidegger, la fundación del ser por la palabra.Vos no sos nadie si no has pronunciado esa palabra. Dublín es el deseo, romper la rutina a que te tienen condenado. Es la poesía, confesa o inconfensa que todo ser humano conserva. No sé, una línea, un poema, algo que lo redima de un mundo regido por la estupidez."
Tal vez Dublín para mi sea esa esperanza.
Isidoro Blaisten
Buenos Aires, 1999 



        

miércoles, 29 de noviembre de 2017

UNA ENFERMEDAD INCURABLE

¡Ay, la pobreza! ¡Que burla más cruel! Ni bien empezó a transitar las callecitas del miserable barrio, fue lo primero que pensó el ingeniero Artemio Marinelli. El degradante paisaje que se levantaba frente a sus ojos era prácticamente un calco del presenciado la última vez, quince años atrás. 
Las diferencias las podía contar con los dedos de una mano o con menos que eso: Calles asfaltadas a los ponchazos en vez de la tierra o el ripio; ladrillos sin revocar y desprolijas lozas, en lugar de chapas oxidadas. Y para de contar. El resto seguía teñido de la misma precariedad y desaliño. Los zanjones con aguas servidas seguían allí, inalterables, salpicando de indignidad a sus habitantes. 
No había hecho ni dos cuadras cuando se rectificó de aquel pensamiento. Una burla cruel no, la pobreza es una puta enfermedad. Incurable. El que nace pobre, se muere pobre. Si tienen hijos, van a ser pobres y si hay nietos, también pobres como las ratas. Y los bisnietos y los tataranietos. Y así siempre. Una continuidad perversa e interminable. 
La pobreza. Enfermedad incurable y además, hereditaria. No existe remedio que pueda curarla ni vacuna que la pueda prevenir. Afección creada por los ricos en un laboratorio de ricos desde tiempos inmemoriales para que estos sean todavía más ricos y los pobres más pobres aún. Otra que el cáncer. Al menos el cáncer te mata rápido o relativamente rápido. La pobreza en cambio te va liquidando todos los días un poquito, te va minando con infinita paciencia las fuerzas físicas y espirituales. Es como un vampiro prendido a la yugular que te va chupando la sangre en cómodas cuotas, pero siempre asegurándose de dejarte un mínimo caudal corriendo por las venas, cosa que cuando regrese al rato, siempre le quede algo para seguir succionando.  
Pobreza y parca formaban una sociedad sin fisuras. Estaban coordinadas con siniestra perfección. Cuando una finalmente llega, la otra se encarga, ahora sí, de exprimirte hasta la última gota. Dejarte seco como una hoja en pleno otoño. Y eso de que todo sufrimiento por fin culmina en el crucial instante de la partida de este mundo, estaba por verse. En una de esas la pobreza no se moría ni con la muerte. Por ahí, atravesado el temible umbral, seguía vivita y coleando, porque eso de que el cielo es el reino de los pobres era por esos días, para el ingeniero Artemio Marinelli, una verdad discutible. De a poco, el paso de los años le habían ido arrebatando todo, hasta la fe religiosa.
 

CGM
(Capítulo de mi segunda novela: "Sálvese Quien Pueda")
Claudio Miranda - Berlín 9/2017


sábado, 7 de octubre de 2017

SIEMPRE SON POCOS (PARA UNOS CUANTOS JODIDOS) - HUMBERTO COSTANTINI (1924-1987)

-Mirá Peruggia, se habla de veinte mil desaparecidos. Eso no es joda.
-¿Quien habla de eso?
"¿Has visto? ¿Has visto como era pura ignorancia? - piensa Sanctis casi con alegría.
-Bueno la gente, la liga por los derechos, los familiares...Algo de cierto tiene que haber . Digo yo.
-¿Y cuanto dicen- pregunta Peruggia seguramente espantado.
-Y, dicen veinte mil. Ponele que sean diez mil. Pero de todas maneras...
-¿Veinte mil dijiste?
-Bueno, es lo que se dice.
-Son pocos.
-Sí, está bien, pueden ser más, no sé.
-Siempre son pocos.
-¿Cómo decís?
-Digo que son pocos. Doscientos mil habría que liquidar, y el país andaría fenómeno. 

No lo dijo con cara de siniestro criminal. Ni siquiera levantó la voz al decirlo. Lo dijo como si dijera hay que sacar a Bertoni del seleccionado o ponerlo a Ardiles. Sonriendo. Arreglándose el jopo. Mirando el culo de una mujer que en ese momento pasaba por la Avenida Maipú. "Dos cientos mil habría que liquidar".

Sanctis se queda mudo. Casi no puede creer lo que escuchó de labios de Peruggia. Verdaderamente no tiene nada que decirle. Alcanza a pensar confusamente: "Entonces Peruggia...

Fragmento extraído de la novela "La Larga Noche de Francisco Sanctis", de HUMBERTO COSTANTINI (1924-1987), publicada en 1984 y reeditada este año por la editorial Tren en Movimiento. Llevada la historia al cine, el film, del mismo nombre, fue nominado en el festival de Cannes como mejor película (2016).

     
Humberto Costantini

domingo, 25 de junio de 2017

HAY PRÓLOGOS...DALMIRO SAENZ (1926-2016)

Hay prólogos que se escriben por algún compromiso editorial, o para hacerle un favor a un amigo, o por escribir nomás. 
Existen los prólogos buenos, los intrascendentes  y los que mejor olvidar. 
Y también están los otros, esos que tienen el brillo propio de la obra misma, o más aún.
Es el caso que transcribo a continuación, radiante de luz, el mismo resplandor que tiñe los maravillosos cuentos que lo suceden, reunidos bajo el título de SETENTA VECES SIETE. Un libro que dejó marcas en la literatura argentina.

Claudio Miranda.



"No debería ser necesario pero es posible que lo sea y si lo es se debe a la pluma del autor –demasiado nueva o demasiado inhábil- no fue capaz de hacer innecesarias las explicaciones y ahora recurre al pesado recurso de deponer al principio aquello que se escribe al final y no se lee nunca y se denomina prólogo.
Empezó todo en un cabaret o tal vez en las clases de catecismo. El cabaret se llamaba El cielo de California y tenía entrada por Leandro Alem y por 25 de mayo.
Había en la puerta un portero alto vestido de cowboy y en un costado unas peceras grandes iluminadas.
Las clases de catecismo fueron en varios lados, siempre delante de un librito manoseado de tapas grises cuya primera pregunta era: “¿Sois cristiano?” y cuya inmediata respuesta era: “Sí, señor, soy cristiano por la gracia de Dios.”
Muchos de ustedes probablemente habrán pasado por el librito de tapas grises y supongo que tal vez algunos por El cielo de California: no los quiero comparar, sino simplemente explicar la influencia que ambos han tenido en este libro.
El libro de catecismo me habló mil veces de la existencia de Dios, pero nunca me hizo sentir su presencia. El cielo de California me mostró en cambio la ausencia de Dios y precisamente en eso me confirmó su existencia.
Fue una noche, yo tendría unos dieciséis años y el cabaret se acababa de abrir. En esa hora clásica que empieza la actividad nocturna, en que los mozos están distribuyendo sillas y las mujeres bailan entre ellas o charlan diseminadas por el local; tal vez estuviera Davidson, el judío ciego, o el viejito aquel que tantos recordamos, que vendía sus libros envueltos en misterio y oculta su tapa con una franja ancha y pornográfica, que algunos compraban con disimulada expectativa para encontrarse después conStella  o Platero y yo.
No  recuerdo quienes estaban, tengo una vaga idea de un hombre con saco azul hablando con un mozo y en una mesa cercana la cabeza apoyada de un antebrazo cansado y la nuca con pelo corto de algún marinero inglés.
Primero fueron unos gritos desde adentro del baño, después un apresurado correr de todos y alguien dijo fuerte: “Está con ataque”, y unos minutos más tarde una mujer rígida de vestido azul brillante traída entre cuatro depositada con cuidado en el piso frío junto al bar de estaño y la salivadera blanca.
Estaba muerta en el suelo, en un grotesco desorden, y nosotros parados alrededor, con las piernas abiertas y la mirada baja, mirando el cadáver como quien mira un abismo o un pozo hondo de invisible perspectiva, unidos todos por una especie de animal, pagano y desolador desamparo.
Yo salí en seguida por la puerta de 25 de Mayo y caminé despacio por la noche fría hasta llegar a Retiro, subí por San Martín y me paré frente a la reja negra de la iglesia cerrada.
Todos tenemos nuestro camino de Damasco.  En algunos se desliza en el plácido continuar de una educación cristiana, en otros surge con la fatal consecuencia del hombre que pregunta, en otros emerge ante la fuerza de la vida, ante la humana monstruosidad del pecado original, ante el feroz desplante del hombre que peca, dependiendo quizás de este pecado como único puente entre él y Nuestro Señor, como fue puente de gracia la lanza aquella que el soldado romano clavó en Su costado en esa tarde sublime de la Redención.
Para estos últimos está dedicado este libro, para los que necesitan de su ausencia para confirmar su existencia, para los que tuvimos que golpearlo, azotarlo y clavarlo en la cruz, para entonces saber que existía.
Dios es el protagonista de este libro. Pretendo que se lo note. Si no lo he logrado les agradeceré que recuerden que debemos perdonar no siete, sino setenta veces siete y que involucren en este número a  los  malos escritores".



DALMIRO SÁENZ - PRÓLOGO DEL LIBRO SETENTA VECES SIETE.


jueves, 15 de junio de 2017

UN CUENTO DE PABLO MOURIER: EL CHINO Y EL HUESO

Nos acostumbraron a pensar en grande aunque tengamos la estatura de una hormiga. ¿Será por eso que no reparamos en las cosas pequeñas? ¿Será ese el motivo por el cual dejamos pasar ciertos detalles sin penas y sin gloria? 
¿Acaso alguna vez nos preguntarnos por qué nuestra mascota, un dulce gatito siamés, a menudo observa fijamente un rincón del comedor, en donde no hay otra cosa que la nada misma. Pero, ¿Qué ve él que no nosotros no alcanzamos a distinguir?  
Y por si fuera poco, también nos volvieron cómodos. Nos han dejado al alcance de la mano un menú de repuestas que sirven para responder cualquier situación que se nos presenta.  
Por suerte, de vez en cuando, muy de vez en cuando, aparecen escritores como Pablo Mourier (Buenos Aires, 1960) que nos recuerdan que la vida no es lo que aparenta ser, que detrás de sus gruesas telarañas, se esconden otras realidades. Pablo, a través de las palabras y las frases que hilvana con maestría logra atravesarlas y dejar al descubierto un sin fin de mundos paralelos. Historias inconcebibles que se parapetan detrás de los hechos más comunes y cotidianos.  
El cuento que se transcribe a continuación, "El chino y El Hueso" es un fiel exponente de esto.    
Su publicación en este blog cuenta con la amable autorización de Pablo, y desde ya, es un verdadero honor que forme parte del universo de los Los Libros Náufragos. 
Por último, el mismo integra el libro de cuentos "Venganzas Sutiles" (Editorial Barenhaus, 2016).
Gracias Pablo por tu generosidad!!!
Claudio Miranda. 

EL CHINO Y EL HUESO

El Chino era policía. Botón, cana, yuta, rati, gorra, vigilante; era todo eso sin tener ninguna vocación para serlo. En el barrio juraban que se había hecho cana para estar en la cancha los días de partido. Puede ser que fuera cierto, porque a poco de entrar pidió el pase a la División Perros. Eso le aseguraba estar más cerca de los jugadores, casi en el banderín del córner y pegado al alambrado, como los pibes del barrio, pero del lado de adentro. Poco le importaban  las puteadas, las escupidas y las botellas con meo.
Una vez casi lo matan a patadas, cuando se metió en la cancha para abrazarse con el siete, la tarde aquella del memorable gol olímpico. La turba tenía razón en estar enardecida: en medio de los abrazos el perro del Chino había mordido la pierna  del wing, lo que obligó  a que estuviera tres meses sin jugar.
Cuando hacía esos quilombos, lo borraban por un tiempo, pero siempre volvía. Los jefes lo bancaban porque su locura los divertía.
El Chino siempre me hablaba del perro, pero lo de aquella tarde fue demasiado.
-Mirálo, ¿no reconocés la manera de pararse? ¿Sabés cuando nació? El 14 de febrero de 2009...¡No me mirés así, boludo, ¿no te dice nada la fecha? 14 de febrero de 2009...¡el día que se nos fue el Hueso! ¡Tenés que ser medio pelotudo para olvidarte del Hueso!
El Hueso había sido el enganche más vistoso en toda la historia del club, había jugado allá por la década del cincuenta. El Chino no lo había visto jugar, pero conocía de memoria cada una de sus epopeyas, sus récords nunca igualados, las mañas para hacer echar rivales. Estaba obsesionado el Chino, pero nadie se animaba a decirle nada, ¡es que el tipo era tan feliz con esas cosas!
-¿Vos me estás diciendo que el rope es el Hueso?-me animé a preguntarle.
-¡La reencarnación, boludo! Mirá la manera de pararse, mirálo bien y decíme si no es el hueso. A mi me jode un poco tenerlo atado, justo a él, que zafaba de cualquier marca...¡¿Sabés lo que debe sufrir mirándolo desde afuera?! ¡Sabés si entra, como los deja parados a todos estos muertos! Vez pasada se puso tan loco que yo no lo podía manejar, no lodejaba patear el córner al punterito de ellos. Por ahí fue por el cagazo, que sé yo, pero la verdad es que el pibe lo pateó horrible. El Hueso sabía como poner nervioso a un rival y este tiene sus mismas mañas...¡¿Qupe te quedás mirando?! ¡Ya te dije que no me mirés así! Sos un pelotudo, ya te vas a dar cuenta  vos también que es el Hueso.
Los escándalos se volvieron cada vez más frecuentes y el Chino se convirtió en un personaje incómodo. Ante la consulta de sus jefes, el psquiatra de la Fuerza indicó cambiarle el perro, lo que le provocó un brote psicótico severo y una urgente internación en la clínica policial. El Chino falleció pocos días más tarde, lejos de su amado compañero.
Viví la historia desde adentro. Si nunca la conté hasta ahora, es porque hacerlo me había parecido una iniciativa inútil. Cambié de opinión ayer, en la cancha, sufriendo el clásico desde la tribuna, insultando al wing que venía de patear el córner tan cerca del alambrado. Del otro lado reconocí  al Hueso: un poco más viejo, el hocico canoso, pero con los brios de siempre; ladraba, temible, al pateador asustado.
A la par del Hueso, tensando la correa con la que un joven policía apenas podía retenerlo, había un perro más joven, de pelaje muy negro y temperamento exaltado, puro nervio. Sentí que ya lo conocía, que nos conocíamos desde siempre, es por eso que lo cuento. 
Les pido que se fijen, que se fijen bien, Díganme si no reconocen esa manera de pararse. 
Pablo Mourier. 
      

                             

miércoles, 14 de junio de 2017

UNA CHARLA CON ORLANDO BARONE LUEGO DE DOS AÑOS DE SILENCIO

Dos años o casi, es mucho y poco tiempo a la vez. Algunos se le va la vida por un un sólo día sin aparecer en los medios. 
Lo primero que le pregunto a Barone es si se anima a esbozar su propia semblanza. Lejos de hacerse el desentendido, acepta el desafío sin mayores problemas:   
"Ojalá pudiera decir “Soy el que soy”, pero eso le corresponde solo a Dios. Apenas si soy el que todavía no es. Porque cualquiera que todavía respira se está haciendo. En Wikipedia hay alguna semblanza con errores, omisiones y mezquindades que no aspiro a corregir. Y que deseo nadie lo haga. Pero sí, diré, que nací el 5 de octubre de 1937 a las siete de la mañana, en la Boca, a media cuadra del Riachuelo. Mi nombre autenticado y bautizado es José Orlando Barone, con  el que espero me vaya. La amputación de José fue un capricho adolescente porque como en mi familia había dos o tres José adultos a mi me decían “Josecito” y el diminutivo me acomplejaba. Qué lindo me vendría que en la lápida se leyera: ¡Chau Josesito, José y José Orlando! La posverdad-como se estila-asegura que soy un ex panelista de 6,7,8 y que en 2010 la revista Noticias me distinguió como el “ peor” periodista del año. Que eso no falte de mi retrato. Que tampoco falte que nunca recibí un premio Konex ni un Martín Fierro. Pero en alguna línea hay que decir que a fin de los años sesenta obtuve el Premio revista Suburbio, de Avellaneda, con mi primera tentativa como cuentista. Los otros premios son accesorios.    
Entre mis actuales opiniones, nada originales, están: la creencia y certeza en el suicidio de Nisman, en la llegada del hombre a la luna y en que Gardel canta cada día mejor. No protagonicé ningún acto de heroísmo ni de entrega sacrificial. No me da el cuero. Pero me da para no vivir pendiente de la adicción de figurar".

A Orlando Barone lo conocí en agosto del año 2005. Fue la semana siguiente a las elecciones legislativas en la que el Frente Para la Victoria ganara con amplitud. Por esos días Néstor Kirchner empezaba a convertirse en el mito político que es hoy para una buena parte de la sociedad. Fue un martes o un miércoles, no me acuerdo bien. Lo que si recuerdo perfecto es que era un día soleado, de temperatura agradable, algo así como un adelanto de la primavera por venir. 
Unos días antes del encuentro, había dado en internet, de pura casualidad, con la dirección del correo electrónico que supuestamente le pertenecía. Le escribí sin demasiadas esperanzas de recibir una respuesta. 
A los 16 años había leído aquel mítico libro del cual él había sido el gestor: "Dialogos". Un milagro literario. ¿Cómo llamar si no a eso de juntar a Borges y Sábato para un libro, con todas las diferencias políticas y literarias que venían arrastrando a lo largo del tiempo.  
Aquel libro significó mucho para mi en la adolescencia. Las razones no vienen al caso, pero yo tenía la imperiosa necesidad de hablar con el autor y hacerle algunas preguntas que me habían desvelado y que todavía hoy me siguen dando vueltas en la cabeza.     
Me equivoqué. Contra todos mis pronósticos, Barone me respondió con unas afectuosas líneas, un par de días después. Quedamos en encontrarnos a la salida de Radio Continental, a eso de las 12 del mediodía (yo me escapé del laburo). Por entonces Barone tenía una columna en el programa de Víctor Hugo Morales, quien todavía no era el Víctor Hugo que conocemos hoy. 
Terminamos tomando un café en el Bar de la esquina. Estuvimos hora y media o más. Desde entonces nació entre nosotros una sólida amistad, fundada en la literatura, la pasión común, y la política: muy rápido nos dimos cuenta que pensábamos igual, que estábamos , convencidos que la política, a pesar del intento diario de bastardearla, seguía siendo la única herramienta posible para transformar la realidad. Que nuestra profunda convicción tenía que ver con un país inclusivo, justo en lo social y soberano en lo económico. 
No tuve dudas: estaba en presencia de un francotirador infiltrado en la líneas enemigas: el diario La Nación, Radio Continental, sólo por nombrar algunas trincheras hostiles al pensamiento nacional. 
De aquel primer encuentro recuerdo la no urgencia, la placidez de un sol calmo que atravesaba el grueso ventanal del café y que se estrellaba de lleno en nuestros rostros pero que lejos de ser agresivo, parecía regalarnos caricias. Recuerdo también el tiempo, que no era tiempo adentro del boliche aquel, las agujas del reloj que misteriosamente habíamos logrado anestesiar con nuestros comentarios y reflexiones acerca de libros y autores.  
Y me acuerdo, por sobre todas las cosas, del anonimato de Barone. Su pluma y su voz eran reconocidas para un respetable grupo de lectores y oyentes, pero su cara, una completa desconocida para el gran público. Nadie aquel mediodía, desde las mesas contiguas del bar, lo observaba, ni más tarde en la calle, cuando caminamos juntos un par de cuadras. Presumo que ocurrió lo mismo unos minutos después con el chofer, cuando luego del apretón de manos nos despedimos y lo vi subirse a un taxi. 
Estoy convencido que de aquel, nuestro primer encuentro, él debe recordar casi lo mismo que yo, en especial, el glorioso anonimato que aún conservaba y que años más tarde añoraría.  

Le pregunto como se siente desde el retiro que se autoimpuso. Me corrijo enseguida, le digo si en realidad más que un retiro no se trata de un exilio: 
 -A mis casi ochenta años y con salud lógica y biológicamente imperfecta se tiene a considerar a mi retiro de los medios ( sobre todo de la tele y la radio)como una suerte de despedida o autoexilio) y sin embargo no debería sorprender. Porque ¿Qué se espera, que el tiempo me dé más cuotas de crédito o más longevidad la vida, o que me desespere frente al espejo por abstinencia de protagonismo público? Si la mayoría de la gente se jubila entre los sesenta y sesenta y cinco años –salvo en nuestra Corte Suprema donde a algunas/os de sus miembros se les puede permitir simular estar en actividad hasta en estado de momificación o embalsamados. En mi caso ir esfumándome serenamente a los ochenta debería resultar tan previsible como es previsible que, ya y desde cada vez más cerca, me esté haciendo señas ese fantasma oscuro y desconocido que nos está reclamando para un nuevo viaje. Seré más claro en mi respuesta: ¿Por qué retirarse o abstenerse de la exposición pública sería despedirse de la vida?  ¿Qué se piensan, que no leo en casa, que no escribo, que no frecuento amigos, que no tengo familia, que no voy al teatro o al cine o a un concierto, que no caliento ideas nuevas, que no analizo el contexto, que no me inquieta la realidad, que no me aburro y que no recuerdo y olvido lo que no quiero recordar?  Eso que me dieron la tele y la radio son adhesiones y entusiasmos  episódicos y partidarios desproporcionados; y lo que me quitaron es la anónima libertad de poder observar a mi alrededor sin que el alrededor me observe y limite mi libertad de observarlo. Un rato más y ya nadie se va a acordar si yo era de “6,7,8” o de Intratables. O panelista del programa de Majul. Ahora, al cabo de casi dos años de autorefugio, estoy empezando a ganarme a favor mío y sin tener que vestirme de periodista público. Lo disfruto escribiendo a solas y para mi mismo. Me siento como “Pichuco” cuando le dicen que se fue del barrio y canta:  “ Pero si nunca me fui, si siempre estoy llegando”.
Ahora quiero saber acerca de su infancia, cómo fue, de cómo llegó a la literatura o la literatura a él, de la idea de ser periodista....    
La infancia. El equipo de fútbol del barrio. Barone es el de abajo, en el centro.
-Mi infancia está lejos y cerca, y siempre me interpela acerca de cómo la fue defraudando el realismo de mi adultez. El niño que fui no me aprueba. Uno pierde y maltrata sueños para sobrevivir. El niño que fui tiene que estar fundadamente defraudado. Fui tan feliz en La Boca, mi barrio, viví a la vuelta de la bombonera a un paso del Riachuelo. Aprendí a leer con los curas a los cuatro años. Entré a la escuela a los cinco. En casa me trataban como a un genio: mis abuelos murieron antes de que yo fuese adulto y se salvaron de sentirse decepcionados. Mis padres me vieron envejecer todavía creídos en que mi cierta notoriedad en el periodismo eran aproximaciones de aquella supuesta genialidad precoz. A la infancia casi todos, hasta los más desgraciados, le confieren el lugar de la nostálgica felicidad. En mi caso fui vertiginosamente feliz en la época de Perón y Evita. Participaba en sus campeonatos infantiles. Fue-siento- la de la más grande inclusión social y económica.  Mi padre era empleado jefe en La ex Compañía Italo de Electricidad y mi madre en casa no como ama sino como anfitriona. Hasta una decena de amigos venían invitados a comer las mejores milanesas del barrio. Vivíamos sin privaciones básicas. Desplazamos la heladera a hielo por la eléctrica Siam; eramos dos hermanos y una hermana y nos compraban la ropa en Gath y Chávez a crédito. Pasábamos veinte o treinta días de vacaciones en Mar del Plata; ibamos semanlmente al cine, a comer cada tanto afuera a alguna cantina del abasto. Era “adicto” a la calle y al deambular por baldíos. Mucho fóbal barrial, patín, bicicleta, vagabundeos por la costa del río en Núñez. A los diez años gané el certamen de composición en las Olimpíadas infantiles del club Ríver. Y en la escuela mis composiciones sobre distintos temas eran elegidas como las mejores. Leía mucho y sobre todo cuentos de diversas colecciones de Mark Twain, Salgari, Horacio Quiroga, Jack London. Me gustaba recitar versos y poesías y me designaban para eso en los actos patrios. Iba entendiendo que esa parte escénica me distinguía y los elogios de mis amigos del barrio lo confirmaban. No sabía qué era ni de qué se trataba la literatura pero intuía el encantamiento que provocaba. ¿El periodismo? No sé. Lo ignoraba.  Como me gustaría ignorarlo ahora, aunque ya estoy cautivo.  Sé que soy injusto con el oficio que me dio de comer y me enseñó a no escribir sobrantes sino lo significante y lo justo. Es cierto que también el periodismo me instigó a mentir y no siempre me negué a escucharlo. La diferencia con la literatura es que esta miente para decir alguna verdad. O para buscarla. Hace ya tiempo escribí esto:
Lo extraordinario de la mentira es que no es mentira. Es cierta. 
Le pregunto por sus inicios como escritor:
 Debía sentirme muy deprimido cuando con poco más de veinte años escribí una novela o relato largo que titulé solemne y funerariamente: “Egocidio”. Se lo envié a Ernesto Sabato ( de quien había leído El Túnel) quien, probablemente preocupado por mi inminencia trágica, me contestó para que fuese a verlo y me curé: tiré mi relato a la basura sin ningún arrepentimiento y gracias a él empecé a conectarme con otros aspirantes a escritores y con talleres literarios. Ya leía mucho y desordenadamente. Me marcaron y resultaron movilizantes “ El vino del estío” ( Bradbury), “Adan Buenos Aires”, Marechal; “Fervor de Buenos Aires” Borges; “Facundo”, Sarmiento; “Trópico de Capricornio” Henry Miller; “El cuarteto de Alejandría” Durrell; y otros igualmente inolvidables. Ah, “El coloquio de los perros” de Cervantes y Emile Zola y …Marcaba esos libros, me alentaban. Y a la vez me desanimaban porque presentía que siempre los miraría desde más abajo. Ya mismo me siento culpable de omisiones y olvidos. Marck Twain metiéndome en los pantanos del Missisippi, Melvielle haciéndome enfrentar con Moby Dick, Poe sofocándome en  un emparedamiento vivo. Y ¡Cómo no acordarme de Enrique Molina y su incomparable “La sombra donde sueña Camila o`Gorman!” obra reveladora anticipatoria del posterior reconocimiento de esa historia de pasiones herejes y represiones sociales. Y basta. Según mi madre, ya anciana, a los cuatro años yo mientras estaba en cama con sarampión escribí en un cuaderno un cuento de un chico escapando de un tigre. Se perdió en alguna mudanza. Nada se pierde, todo se transforma. Estoy seguro que en la transformación en no sé qué, el cuento pierde su nobleza original. ¡Ven? Ya siento el remordimiento de no haberme acordado de las “aguafuertes” de Arlt, del “mordisquito” de Discepolín que escuchaba cada día en la radio. Ah, y de un poeta de época –Héctor Gagliardi- del que me enorgullece memorizar algunos de sus bellos poemas sentimentales. ¿Y Joyce y Shakespeare y Dante, Papini, Moravia, Calvino, Curzio Malaparte, y Balzac, Victor Hugo, Alejandro Dumas; y el diccionario, que se había convertido en un juego de competencia con mi hermano menor desafiándonos a ver quien sabía el significado de más palabras. Había páginas enteras en que no pegábamos una. Pero cómo íbamos a acertar si a esa edad de la pubertad hablaríamos apenas con un vocabulario de mil palabras. Y a lo mejor exagero. Sí exagero en todo. Porque sublimo tanto a aquel niño que ya no soy que esto que soy me desilusiona.
-¿Y los primeros premios literarios que ganaste? ¿Alguna vez te la creíste?
-Nunca, nunca de los jamases me creí los premios literarios. No me creo nada. Tampoco creo cuando se los entregan a otros.  Sospecho del elogio y hasta de los mejores besos. Soy tan desconfiado que actúo como  un catador de besos. Los que menos me gustan son los de fin de año: ese besuqueo obligatorio, indiscriminado e impersonal rodeado de guirnaldas y fuegos artificiales. Y no pocas veces de parientes casuales y de circunstaciales conocidos cuyo nombre ni caras ya recuerdo.  
Le hago notar que casi no quedan los escritores que sólo hablaban a través de su obra. En la actualidad, cada vez hay más tipos que se desesperan por estar en los medios todo el tiempo, pareciera que su oficio es hablar y no escribir...
-El escritor va siendo consumido por el mercado y según su comportamiento público aumenta su capital accionario. Más notoriedad o popularidad acrecientan, más deben llamar la atención del público. El marketing los empuja a la búsqueda del título seductor no importa si representa el contenido. Y el exponerse fuera del libro los condena a ser reales y terrestres. A la larga, si son bendecidos por la suerte del best seller, cada vez que hablan aterrizan a la obra y ellos se vuelven
explicadores de sí mismos, como yo ahora.
Le recuerdo que en su libro de Cuentos "Sólo Ficciones" (2010 - Editorial Sudamericana) escribió un prólogo que es un encendido alegato en favor del cuento. ¿Por que el cuento necesitará ser defendido y no la novela?   
¡Qué bueno ese texto mío sobre el cuento! Arbitrario sí; a lo mejor injusto. Pero qué bueno, me digo con desequilibrada pero merecida jactancia. Hay toda una saga de definiciones del cuento. Para mi el cuento es un cuento contado para
contarse como se cuenta un cuento. A los bifes, sin perder el tiempo y sin moralejas. Cuando un padre le cuenta un cuentito al nene para que se duerma trata de contarlo rápido para no dormirse él antes que el nene. Y tiene que ser claro, no dejarle dudas para que no se le ocurra preguntar y alargar el insomnio. ¿ Y la novela? Es una novela. Con todo lo que novela la novela y con todo lo que a veces le sobra de extensión, gratuidad y artificio. Pero cuando la novela es más que una novela es “La montaña mágica”, “El jugador”, “Rojo y negro” o “Pedro Páramo” y “El juguete rabioso”. No, claro que no, la novela que es novelita brota fácil como la soja en la pampa húmeda. Dá réditos rápidamente pero deja un tendal de lectores inundados, dañados por agrotóxicos y  el suelo de la literatura superficialmente roído. Digamos que el cuento es una íntima salita de estar, no un living y recepción con balcón terraza, y es una isla y no un archipiélago.  
-A veces-arriesgo-. en los escritores existe una sobre valoración  del lector, hablan de él como si lo conocieran. Escuchamos todo el tiempo frases como el lector cómplice, el pasivo, el activo...
-Que los escritores se dejen de hablar y se dediquen a escribir. Tanta masturbación con el supuesto, posible, probable o improbable lector, sujeto activo, pasivo crítico, cómplice, lo que sea que sea es un obscena consideración lombrosiana. Es la que se usa: el autor escribe para un determinado y planeado lector. ¿Y por qué está mal darle al cliente el plato que se sabe le va a gustar? Los algoritmos ya delatan hasta la forma en que ese supuesto y anunciado lector lee: a la noche, en la cama, tirado en el diván, sentado en el escritorio, durante los viajes en subte o en tren, mientras come en el restó a la vuelta del trabajo…si lee veinte o cincuenta páginas de un tirón, si  lo que más le atrae son los libros que les atraen a los otros, y los que más le interesan son los están en la tendencia cultural o en los comentarios de la prensa o lee algún famoso. Escribir pendientes de ese objetivo estrecha la libertad del autor y la limita a ese objetivo. Lo paradojal es que escribir es un soliloquio reservado al que soliloquia hasta tanto se publique en libro lo que escribe. Pero esto que digo es una antigüedad de cuando la antigüedad no era líquida como la modernidad y de cuando un escritor imaginaba una historia sin calcular a quién le podría interesar. Pero es lo que hay. Y lo que hay son los medios que tienen sus fines. La fama es puro cuento o es gloria pero excepcionalmente. Me pregunto: ¿ Quién se acuerda hoy tantos de escritores que estaban hace tiempo en la cima del éxito y la demanda? No doy nombres. Que cada uno haga el balance de sus propios olvidos. Personalmente, porque los conocí de cerca me acuerdo de Abelardo Arias, Petit de Murat, Maria Esther de Miguel, Manauta, Cesar Tiempo… Sí es el tiempo. Que pasa y borra. 
Retomo mi obsesión. Le vuelvo a sacar el tema; aquella reunión cumbre entre Sabato y Borges que quedó plasmada en su libro "Diálogos"... 
 Me contradije y sigo contradiciéndome cada vez que menciono ese encuentro y ese libro. ¿Será que la frecuencia de la contradicción es la mejor coherencia? No se. Tampoco se opinar sobre esos diálogos nada mejor que lo que opina quien los lee. Ahí están. ¿Y si no son diálogos sino dos monólogos de sendas voces empeñadas en ser unidas por un intruso llamado Orlando Barone?
Ni se les ocurra ir a preguntarle a María Kodama. Es raro que no le guste. Si ella no figura en el libro. Ah, no figura. Ahora entiendo.
No soy capaz de ser justo con mis  hijos ni mis perros, tampoco conmigo; menos podría ser justo con Sabato y Borges. No hablo ya de algún equilibrado y sensato sentido crítico de los que, respecto de otros carezco, sino de ser justo en el recuerdo.
A esta altura ya está siendo escrita hace rato la historia de ambos y la balanza los diferencia. Uno de los platillos pesa con más luz que el otro. O con  luz más intensa.  En la balanza, un platillo pesa con literatura y poesía exclusivamente; mientras que el otro pesa menos literariamente que  en el compromiso social y político. Con sus inestables opiniones aquel platillo trasciende más peso que este.  Así lo afirma el fallo que la humanidad produce sobre Borges y Sabato. Fallo influido y fundado con las intromisiones de la genialidad o la menos genialidad, pero también con las del mercado, la política, el partidismo, los caprichos y la crítica y las sinrazones humanas argentinas o universales.
No soy yo quien pueda decir si ese fallo es o no justo. Pero es el históricamente visible hasta ahora.
Sé que el único derecho que tengo a opinar, desde mi lugar de privilegiado testigo durante los encuentros para el libro “Diálogos Borges-Sabato- es el del transitorio silencio.
Si después, en el más allá, los tres volvemos a vernos será el momento de poder decir y expulsar lo que siento como una cascarilla de pan en la garganta.
Ignoro si en sus propias gargantas ellos reniegan y se fastidian de alguna cascarilla o de un trozo de corteza más agresiva e incómoda que la mía.
Pero voy a ser justo. Porque allá, en ese “no tiempo” divino o infernal, ninguno de los dos me va a correr con requerimientos de más admiración hacia uno u otro. O alentándome a objeciones que pudiera endilgarles con más malicia a aquél  que  a éste. Esperaré ese reencuentro.
Pero soy impaciente, y a lo mejor se me escapa una catarsis inocua.
Durante aquel diálogo compartido, los tres nos comportamos franca y éticamente. De entrecasa, digamos, con simpatía a simple vista espontánea. Con la última frase, al cerrarse la última página del borrador original de aquel libro, sé que entre ambos comenzaron los recelos y las malicias. No me convence la leyenda de que el entorno de cada uno de ellos –sean de amores y amadas o de conspiradores próximos a sus oídos- los fue regando de instigaciones. Porque Borges y Sabato eran personas maduras ya entonces. Y polemistas excepcionales y hasta feroces.  No parecían vulnerables a suspicacias ni presiones.
Creí y sigo creyendo que durante los meses del diálogo se esforzaron en sentirse cercanos a pesar de ser tan distantes. Tan químicamente insolubles. No fui ajeno a  ese clima cálido y amable. Tuve que despojarme de mi  pueril narcisismo para lograr en el libro ser nadie. Si me lo proponía ellos me habrían permitido ser un poco alguien. Y hubiera sido inmerecido. Mi conclusión es que entre esos dos grandes ser nadie es lo más justo.
Durante muchos años, solitario sobreviviente de aquel encuentro, reprimí con esfuerzo los deseos de aclararnos ciertas confusas confusiones. Sean con reproches o con alabanzas.  Pero con bastante protocolo y alguna hipocresía contuve mi deseo de decirles –de decirnos cara a cara-  lo que entonces hubiéramos podido decirnos.  Espero que allá, donde nos reencontremos, no haya rangos y fronteras humanas ni limitantes. Será justo que ellos me digan lo que no me dijeron ni se dijeron. Que se olviden, conmigo – y entre ellos- de la cortesía y de la prudencia callada. Y una vez que me digan en la cara lo que mi cara les inspira, me tocará a mí darme el gusto. Me quitaré la cascarilla atravesada y me animaré a putearlos. Dócil y agradecidamente.
Una puteada literaria: borgesiana y sabatoniana.
Esa será mi modesta jactancia.
Los medios de comunicación... ¿Estaremos condenados a que nos sigan mintiendo y lavando la cabeza por siempre? ¿O existirá un antídoto para esa tragedia?
Algo huele mal en Dinamarca-mal citando a Shakespeare- si los medios siguen 
considerándose el tribunal supremo de las democracias. Por ahí leí un sarcasmo 
argentino que muestra las  imágenes de un televisor y una heladera y nos 
pregunta: “¿ Cuál de estos eléctromésticos elige, la teve que nos dice desde el 
living, nos llena la cabeza con que todo está fenómeno, o  la heladera de la cocina
 que está cada día más vacía?”.  Seré cínico: somos capaces de hacer dieta de 
comida pero ninguna dieta de tele. A esta otra pregunta: ¿ tenemos anticuerpos 
para defendernos del poder de los medios? La mayoría debe pensar que sí, 
porque nadie se presume estúpido o no inteligente. Por las consecuencias que se 
advierten en nuestro comportamiento social, político, ético etc, esa mayoría- y me 
incluyo- tiene sobre si misma una opinión infundada. 
No puedo dejar de preguntarle acerca de la situación  política actual en Argentina. 

¿ Cómo veo la situación política actual? ¿Y a quién le podría importar cómo la veo si solamente tengo dos ojos? Está esa palabreja últimamente de moda: “ complicada”. Sirve para todo: desde considerar una complicada situación de la pareja hasta para calificar la complicada situación del planeta y el universo. Metido como uno está en esa realidad cuanto uno siente y piensa está atosigado de esa realidad. Si uno opina desde la torre no ve lo que está abajo y si opina desde abajo no ve lo que se divisa desde la torre. Y yo estoy, como tantos, sentado ante el televisor y la computadora buceando en las redes un hipotético tesoro de la verdad que nadie encuentra. Cuando Norberto Bobbio dice que es mejor ser “ Un pesimista inteligente que un optimista ignorante”  sabe que él, y sobradamente, se podía dar el lujo de ser pesimista. No es mi caso:soy ignorante. Así que tengo esperanzas en  mi optimismo. 
Claudio Miranda